El Código de Derecho Canónico de 1983, en el canon 1172, establece que nadie puede realizar legítimamente exorcismos sobre personas poseídas sin permiso especial y expreso del ordinario del lugar. El ordinario solo puede conceder ese permiso a un sacerdote que destaque por su piedad, ciencia, prudencia e integridad de vida.
En la práctica, el ordinario del lugar suele ser el obispo diocesano. El sacerdote encargado debe poseer una preparación específica y ejercer su ministerio bajo la autoridad del obispo. La autorización jurídica no constituye una simple formalidad: protege la libertad de la persona, evita abusos y garantiza que el rito permanezca dentro de la disciplina de la Iglesia.
El exorcismo mayor
El exorcismo mayor, también llamado solemne, es una celebración litúrgica y un sacramental. Su finalidad consiste en pedir, en nombre de Jesucristo y con la autoridad confiada por Cristo a la Iglesia, la liberación de una persona de una acción demoníaca. No actúa como una fórmula mágica ni como una técnica automática.
La Iglesia realiza el exorcismo en nombre de Dios y de Jesucristo, no por un poder autónomo del ministro. El sacerdote exorcista actúa dentro de la autoridad de la Iglesia y bajo la moderación del obispo diocesano.
Oraciones de liberación
No toda oración de protección o liberación constituye un exorcismo mayor. El sacerdote que no ejerce como exorcista puede ofrecer determinadas oraciones y súplicas adecuadas a las personas que sufren tentación o aflicción. El Ritual distingue estas ayudas espirituales del rito reservado al exorcista.
Los fieles laicos pueden rezar por una persona afligida, pero no deben pronunciar las fórmulas reservadas al exorcista. La Santa Sede también ha pedido evitar reuniones en las que personas sin la facultad correspondiente interroguen directamente a supuestos demonios o intenten obtener de ellos su identidad.