La ingeniería genética interviene sobre los genes, que contienen información fundamental para el desarrollo y el funcionamiento del organismo. En medicina, la terapia génica pretende corregir o reducir alteraciones genéticas responsables de determinadas enfermedades. La intervención puede introducir, sustituir o modificar información genética con una finalidad curativa.
La técnica, considerada en sí misma, no determina por completo la moralidad de una actuación. Una misma capacidad científica puede servir para curar a una persona o para seleccionar, destruir y producir seres humanos conforme a determinados criterios. La valoración moral depende de la finalidad, los medios empleados, los riesgos asumidos y el respeto efectivo de la persona afectada.
La Iglesia reconoce la investigación científica y la investigación aplicada como expresiones legítimas del dominio humano sobre la creación, siempre que estén al servicio de la persona y promuevan su desarrollo integral. Sin embargo, la ciencia y la tecnología no pueden establecer por sí solas el sentido de la existencia humana ni los límites morales de la acción.1


