En el lenguaje bioético, hablar del inicio de la vida humana no se reduce a un dato biológico: tiene una dimensión antropológica y jurídico-moral. Para la Iglesia, el problema no es solo cuándo comienza un proceso biológico, sino qué estatuto moral debe reconocerse al ser humano en sus fases iniciales. Por eso el criterio decisivo es el respeto debido a la persona desde el primer momento de su existencia.3,4
La instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe subraya que la vida del embrión humano debe tratarse con «respeto incondicional» por estar implicado un ser humano «en su totalidad corporal y espiritual». En esta misma línea, se enseña que el ser humano debe ser tratado como persona desde la concepción, y que desde ese momento deben reconocerse sus derechos, destacando el derecho inviolable a la vida del inocente.3,4,5
