El corazón como centro de la persona
En el lenguaje bíblico y cristiano, el corazón no representa solo el órgano corporal ni se limita al ámbito de los sentimientos. Designa el centro interior de la persona: la memoria, la inteligencia, la voluntad, el amor, la libertad y la respuesta a Dios.
El Evangelio según san Lucas presenta a María como una mujer que conserva los acontecimientos de la vida de Jesús y los medita interiormente. Esta imagen evangélica fundamenta la contemplación del corazón de María como lugar de escucha, acogida, discernimiento y fidelidad.
La devoción contempla, por tanto, la persona entera de la Virgen bajo el símbolo de su corazón. El corazón físico forma parte de esta consideración, pero ocupa un lugar subordinado: representa sensiblemente la vida interior, las virtudes y el amor de María.1
«Inmaculado» y «purísimo»
El adjetivo inmaculado expresa la santidad excepcional de María y su plena orientación hacia Dios. La tradición católica vincula esta santidad con su concepción inmaculada y con la plenitud de gracia recibida por la Madre de Dios.
La expresión no presenta a María como una divinidad ni como una persona ajena a la redención de Cristo. María pertenece al orden de las criaturas y fue redimida por Cristo; la teología católica explica que recibió la gracia de manera eminente y preservativa en atención a los méritos de su Hijo.2
Amor a Dios, a Cristo y a la humanidad
El Inmaculado Corazón comprende principalmente tres dimensiones:
- Amor filial a Dios, expresado en la obediencia de María a su voluntad.
- Amor maternal a Jesucristo, a quien concibió, acompañó y permaneció unida durante toda su vida.
- Amor maternal hacia los redimidos, unido a su cooperación singular en la misión de su Hijo y a su intercesión por la Iglesia.
El corazón de María simboliza así su santidad, su amor ardiente a Dios y a Jesús, y su compasión maternal por quienes han sido redimidos por la sangre de Cristo.3





