El concepto de la Inquisición como tribunal eclesiástico para suprimir la herejía no era nuevo en la Península Ibérica. Ya en 1242, el Sínodo de Tarragona había definido términos como haereticus, receptor, fautor y defensor, y delineado las penas a imponer1. Jaime I el Conquistador introdujo la Inquisición en Aragón para combatir a los herejes albigenses, y en Cataluña existían otros grupos heréticos como los Fraticelli2.
La Necesidad de Unidad Religiosa
El surgimiento de la Inquisición Española propiamente dicha se sitúa en un contexto de intensa búsqueda de unidad nacional y religiosa por parte de los Reyes Católicos3. Tras la Reconquista, la fe católica se consideraba el pilar fundamental de la sociedad. Sin embargo, la fe se veía amenazada por la presencia de grandes comunidades de judíos y musulmanes, y, más crucialmente, por los pseudoconversos1.
Los Marranos: Eran judíos que se habían convertido al cristianismo, a menudo por coacción o por conveniencia material, pero que se sospechaba que regresaban a la práctica clandestina de su fe ancestral (Criptojudaísmo)4,5.
Los Moriscos: Eran musulmanes conversos que también eran objeto de vigilancia1.
Los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, consideraban a estos grupos peligrosos para la pureza de la Fe y la seguridad del país, especialmente por la influencia que los judíos mantenían a través de sus riquezas y prácticas de usura2,3.
