La palabra inquisición procede del latín inquisitio, que significa «investigación» o «averiguación». En el lenguaje jurídico medieval designaba un procedimiento mediante el cual una autoridad podía iniciar una investigación por iniciativa propia, sin depender exclusivamente de una acusación privada.
La Inquisición medieval no debe confundirse con la Inquisición española, creada a finales del siglo XV, ni con la Inquisición romana, establecida en el siglo XVI. Aunque todas compartieron la preocupación por proteger la doctrina católica, pertenecieron a contextos políticos, jurídicos e institucionales diferentes.
La Inquisición medieval tampoco fue un bloque monolítico. Presentó diferencias entre regiones, épocas, obispados y jueces. Durante el siglo XII predominó la actuación de los obispos y de legados pontificios; en el siglo XIII aparecieron tribunales con inquisidores permanentes, normalmente frailes dominicos y, en algunos territorios, franciscanos; durante los siglos XIV y XV disminuyó la actividad en varias zonas, al desaparecer o debilitarse algunos movimientos heréticos organizados. La Congregación para la Doctrina de la Fe sitúa el nacimiento de la institución medieval en la primera mitad del siglo XIII, durante el pontificado de Gregorio IX, aunque reconoce la existencia anterior de responsabilidades episcopales y legados pontificios contra la herejía.1
