La supresión de la herejía en la sociedad cristiana es una práctica que se remonta a los primeros siglos de la Iglesia. Sin embargo, la Inquisición como tribunal eclesiástico formal surgió mucho más tarde, en el siglo XIII1. Durante las primeras tres décadas de este siglo, la institución no existía como tal. No obstante, la proliferación de herejías, especialmente el catarismo, que representaba una amenaza significativa para la sociedad cristiana, llevó a la percepción de la Inquisición como una necesidad política1.
Los gobernantes bizantinos ya habían reconocido el peligro que estas sectas representaban1. En el siglo XII, la situación de los herejes era que el Papa los excomulgaba y el emperador los ponía bajo proscripción civil, confiscando sus bienes1.
El Papa Inocencio III (1198-1216) no intensificó las leyes existentes contra la herejía, pero les dio un alcance más amplio a través de sus legados y el Cuarto Concilio de Letrán (1215)1. De hecho, la introducción de un procedimiento canónico regular por Inocencio III fue un servicio relativo para los herejes, ya que contribuyó a mitigar la arbitrariedad y la injusticia de los tribunales civiles en España, Francia y Alemania1. Mientras sus prescripciones estuvieron en vigor, no hubo condenas sumarias ni ejecuciones masivas, ni se establecieron la hoguera o el potro1. Aunque en una ocasión apeló al derecho romano para justificar la confiscación de bienes, no llegó a la conclusión extrema de que los herejes merecieran ser quemados1.
El Nuevo Tribunal y sus Características
El Papa no estableció la Inquisición como un tribunal distinto y separado, sino que nombró jueces especiales y permanentes que ejercían funciones doctrinales en nombre del pontífice1. La característica esencial de la Inquisición no residía en su procedimiento particular, como el examen secreto de testigos o la acusación oficial (común a todos los tribunales desde Inocencio III), ni en la persecución de herejes en todos los lugares (norma desde el Sínodo Imperial de Verona)1. Tampoco fue la tortura, que no se prescribió ni se permitió hasta décadas después del inicio de la Inquisición, ni las sanciones como el encarcelamiento o la hoguera, que ya existían mucho antes1.
El inquisidor era, en sentido estricto, un juez especial pero permanente, que actuaba en nombre del Papa y estaba investido del derecho y el deber de tratar legalmente los delitos contra la fe, siempre adhiriéndose a las reglas establecidas del procedimiento canónico y aplicando las penas habituales1.
Se consideró providencial que en ese momento surgieran dos nuevas órdenes religiosas, los Dominicos y los Franciscanos, cuyos miembros, por su formación teológica superior, estaban especialmente capacitados para la tarea inquisitorial1.
El Papa Gregorio IX (1227-1241) emitió la bula «Ad exstirpanda» en 1252, la cual se convirtió en un documento fundamental de la Inquisición. Esta bula, renovada por varios papas posteriores, ordenaba a las autoridades civiles, bajo pena de excomunión, ejecutar las sentencias legales que condenaban a los herejes impenitentes a la hoguera1.
Procedimiento de la Inquisición Medieval
El procedimiento comenzaba con un «término de gracia» de un mes, proclamado por el inquisidor al llegar a una zona afectada por la herejía1. Se convocaba a los habitantes a comparecer ante el inquisidor. Aquellos que confesaban voluntariamente recibían una penitencia adecuada, como una peregrinación, pero nunca un castigo severo como el encarcelamiento o la entrega al poder civil1. Estas interacciones a menudo proporcionaban pistas importantes y pruebas contra individuos, que luego eran citados ante los jueces1.
Si el acusado hacía una confesión completa y libre, el caso se resolvía rápidamente y sin desventaja para él1. Sin embargo, en la mayoría de los casos, el acusado negaba los cargos, incluso bajo juramento. David de Augsburgo señaló cuatro métodos para obtener una confesión: el miedo a la muerte, la prisión, la privación de alimentos y la tortura1.
Los inquisidores, en general, eran hombres de carácter intachable y, a menudo, de una santidad admirable, muchos de ellos canonizados por la Iglesia1. La historia no justifica la hipótesis de que los herejes medievales fueran prodigios de virtud1. Sin embargo, algunos, como Robert le Bougre, un converso búlgaro al cristianismo y luego dominico, cayeron en un fanatismo ciego y provocaron ejecuciones masivas. En una ocasión, en 1239, Robert quemó a unas 180 personas en una semana. Posteriormente, fue depuesto y encarcelado de por vida por Roma1.
La decisión final se pronunciaba generalmente en una ceremonia solemne llamada sermo generalis o auto de fe1. Se leían los cargos al acusado y se le informaba del veredicto. La ceremonia incluía un discurso, el juramento de los funcionarios seculares de obedecer al inquisidor, «decretos de misericordia» (conmutaciones de penas) y, finalmente, la asignación de castigos a los culpables. Los condenados a prisión perpetua o muerte eran entregados al poder civil, concluyendo así el proceso inquisitorial1.
La Inquisición fue más activa en Europa Central y del Sur, incluyendo Lombardía, el sur de Francia (especialmente Toulouse y Languedoc), el Reino de Aragón y Alemania1. No se conoció en los países escandinavos y apareció en Inglaterra solo durante el juicio de los Templarios1.
