La inspiración bíblica pertenece al misterio de la revelación divina. Dios quiso comunicar la verdad salvadora y escogió a hombres que, utilizando sus facultades, conocimientos, estilos literarios y capacidades, pusieron por escrito todo y solo aquello que Dios quería transmitir. Por ello, la Iglesia reconoce en las Escrituras una doble autoría: Dios es el autor principal y los hagiógrafos -es decir, los escritores sagrados- son verdaderos autores humanos.1
La inspiración no convierte al escritor sagrado en un instrumento pasivo ni elimina su personalidad. Cada libro bíblico manifiesta circunstancias históricas, formas literarias, vocabulario, perspectiva teológica y características propias de su autor humano. La acción de Dios opera en esos autores y mediante ellos, sin anular su libertad ni sus capacidades.1,2
La expresión tradicional «Dios como autor» no significa que Dios haya dictado mecánicamente cada palabra. Significa que el Espíritu Santo sostuvo y guio el proceso por el que los autores humanos consignaron por escrito aquello que Dios quiso comunicar para la salvación. La doctrina católica evita así dos reducciones opuestas: considerar la Biblia una obra puramente humana o imaginarla como una transcripción ajena a la historia y a la personalidad de sus escritores.

