Vivir en medio del mundo
Los miembros de un instituto secular no abandonan ordinariamente su ambiente familiar, profesional, cultural o social. Viven en las mismas ciudades, ejercen profesiones diversas y participan en las instituciones civiles como los demás ciudadanos. Su apariencia externa normalmente no los distingue de otros cristianos.,
Esta presencia no constituye una simple permanencia física en la sociedad. El miembro recibe una llamada a vivir las realidades temporales desde el Evangelio, con competencia profesional, honradez, responsabilidad y espíritu de servicio.
La secularidad abarca ámbitos como:
- La familia y las relaciones sociales.
- El trabajo y la vida profesional.
- La educación y la investigación.
- La cultura y la comunicación.
- La economía y la política.
- La atención a los pobres y a las personas vulnerables.
- La vida parroquial y diocesana.
- Las responsabilidades ciudadanas.
Santificación desde dentro
La misión propia del instituto secular consiste en actuar como levadura en la masa. Esta imagen expresa una presencia discreta, constante y transformadora. El miembro no pretende crear necesariamente una estructura visible del instituto en cada ambiente, sino vivir allí la caridad de Cristo y contribuir a que las realidades temporales respeten la dignidad humana y se abran al Evangelio.,
Juan Pablo II describió esta vocación como una manera de hacer presente la novedad del Reino de Cristo en la vida cultural, económica y política. La consagración vivida en medio de las realidades temporales busca iluminar el mundo con el Evangelio y transformarlo desde dentro mediante el espíritu de las bienaventuranzas.
Discreción y testimonio
La discreción pertenece al carácter propio de muchos institutos seculares. El apostolado suele desarrollarse mediante el contacto personal, el ejemplo de vida, la amistad, la responsabilidad profesional y la participación ordinaria en la sociedad. La misión no depende necesariamente de actividades públicas realizadas en nombre del instituto.
La discreción no equivale a ocultar la fe ni a renunciar al anuncio cristiano. Significa que la presencia apostólica nace de la vida cotidiana y respeta la autonomía legítima de las realidades temporales. El testimonio puede expresarse con palabras cuando las circunstancias lo piden, pero brota ante todo de una existencia coherente.