La Iglesia Católica tiene la misión primordial de enseñar la doctrina cristiana, una tarea que le fue encomendada por Jesucristo mismo1. Esta misión profética se manifiesta en la vida de toda la Iglesia, y de manera particular en los pastores, quienes proclaman y transmiten continuamente la doctrina sobre la fe y la moral cristianas2. Dios prometió, a través de Jeremías, pastores que alimentarían a su pueblo con conocimiento y doctrina, y el Apóstol Pablo afirmó que Cristo lo envió a predicar el Evangelio, indicando que el deber principal de quienes gobiernan la Iglesia es instruir a los fieles en las cosas de Dios3.
El Concilio de Trento subrayó que la instrucción de los fieles es la labor más importante de los pastores de almas4. Por ello, se decretó que debían enseñar las verdades de la religión los domingos y fiestas solemnes, y durante los tiempos litúrgicos de Adviento y Cuaresma, al menos tres veces por semana4. Además, el Concilio dispuso que los pastores instruyeran a los niños de la parroquia en las verdades de la religión, al menos los domingos y días festivos, y les inculcaran la obediencia a Dios y a sus padres4. También se les encargó explicar la eficacia de los sacramentos en lenguaje sencillo al administrarlos4.
El Papa Benedicto XIV distinguió entre la predicación del Evangelio y la enseñanza de la doctrina cristiana. Mientras que el sermón del Evangelio está dirigido a aquellos que ya tienen conocimiento de los elementos de la fe, la instrucción catequética es como la leche que el Apóstol Pedro deseaba que los fieles anhelaran en toda simplicidad, como niños recién nacidos5.
