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Inter Mirifica

Inter Mirifica es un decreto del Concilio Vaticano II sobre los medios de comunicación social. Promulgado por san Pablo VI el 4 de diciembre de 1963, el documento presenta los principios morales y pastorales que deben orientar la prensa, el cine, la radio, la televisión y otros instrumentos capaces de influir en la sociedad. La Iglesia reconoce en ellos una oportunidad para anunciar el Evangelio y promover el bien común, pero también advierte de los daños que pueden causar cuando contradicen la dignidad humana y el orden moral.1,2,3

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreInter Mirifica
CategoríaObra
DescripciónDecreto que señala principios morales y pastorales para prensa, cine, radio, televisión y otros instrumentos, orientando su uso al bien común y a la evangelización
AutorSan Pablo VI
Autoridad EclesiásticaSan Pablo VI
Contexto HistóricoConcilio Vaticano II trató los medios de comunicación en un momento de expansión de prensa, cine, radio y televisión.
Fecha de Publicación1963-12-04
TemaMedios de comunicación social
TipoDecreto, Decreto del Concilio Vaticano II
Enlace oficialInter Mirifica

Tabla de contenido

Contexto histórico

El Concilio Vaticano II abordó los medios de comunicación en un momento de expansión de la prensa, la cinematografía, la radiodifusión y la televisión. Aquellas tecnologías habían transformado la circulación de noticias, ideas, opiniones y enseñanzas, permitiendo que un mismo mensaje alcanzara simultáneamente a grandes multitudes y a la sociedad entera.1

El Concilio no contempló estos medios únicamente como instrumentos técnicos. También los consideró realidades culturales capaces de formar la conciencia, orientar las costumbres, configurar la opinión pública y favorecer o perjudicar la vida social. Por esta razón, el decreto trata conjuntamente su dimensión técnica, cultural, moral, educativa y apostólica.2

La expresión latina Inter Mirifica significa «entre las cosas maravillosas». Procede de las palabras iniciales del decreto, que presentan los descubrimientos técnicos como frutos del ingenio humano, ejercido con la ayuda de Dios. El documento adopta, por tanto, una actitud de acogida prudente: la Iglesia valora las capacidades de la comunicación moderna, pero exige que su utilización respete el designio del Creador y el bien integral de la persona.1

Promulgación y naturaleza del documento

El decreto pertenece al magisterio del Concilio Vaticano II y fue promulgado por san Pablo VI el 4 de diciembre de 1963. El propio decreto presenta como finalidad el tratamiento de las principales cuestiones relacionadas con los medios de comunicación social y la formulación de orientaciones destinadas tanto al bien eterno de los cristianos como al progreso de toda la humanidad.2

Inter Mirifica posee una estructura breve, dividida en una introducción, dos capítulos y disposiciones finales. El primer capítulo expone la enseñanza de la Iglesia; el segundo desarrolla su actividad pastoral en este ámbito. El texto incluye también orientaciones relativas a la formación, a la organización eclesial y a la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales.4

Definición de los medios de comunicación social

El decreto denomina medios de comunicación social a aquellos instrumentos que, por su propia naturaleza, pueden transmitir con facilidad noticias, ideas y enseñanzas a individuos, grupos numerosos y a la sociedad completa. Entre los ejemplos expresamente citados figuran:

  • La prensa.
  • El cine.
  • La radio.
  • La televisión.
  • Otros medios semejantes capaces de alcanzar a las masas.

1

Esta definición no depende únicamente del soporte utilizado. El elemento decisivo radica en la capacidad de comunicación pública y de influencia colectiva. El decreto contempla, por consiguiente, los medios como factores que intervienen en la formación de la cultura y en la vida de la comunidad humana.

Valoración cristiana de los medios

Instrumentos al servicio del bien

La Iglesia reconoce que los medios pueden prestar grandes servicios a la humanidad. Pueden contribuir al entretenimiento legítimo, a la instrucción, a la difusión de la cultura y al fortalecimiento del Reino de Dios. También pueden favorecer vínculos más estrechos entre las personas y ayudar a los ciudadanos a conocer los acontecimientos que afectan a la vida común.2

El decreto no identifica la comunicación con la propaganda religiosa. La comunicación puede cumplir una función auténticamente humana cuando transmite la verdad, promueve la convivencia, educa la inteligencia y orienta las capacidades sociales hacia el bien común. La evangelización forma parte de esta misión, pero no agota todas las posibilidades positivas de los medios.

Riesgos y daños

Los mismos instrumentos pueden utilizarse contra el designio de Dios y en perjuicio de las personas. El mal uso puede difundir falsedades, alimentar pasiones desordenadas, degradar la dignidad humana, trivializar el sufrimiento o presentar como normal aquello que perjudica la vida moral. El Concilio expresa su preocupación por los daños que una utilización perversa de los medios causa en la sociedad.2

La valoración moral no depende solo del contenido aislado. También debe atender a la naturaleza de cada medio, al modo de presentar el mensaje, a las personas que lo reciben, al lugar, al momento y a las demás circunstancias. La influencia de ciertos medios puede actuar de forma intensa y casi imperceptible, especialmente cuando el público carece de preparación crítica.5

La misión evangelizadora de la Iglesia

La Iglesia, fundada por Cristo para llevar la salvación a todos los hombres, posee el deber de anunciar el Evangelio también mediante los medios de comunicación social. El decreto reconoce como derecho propio de la Iglesia utilizar y disponer de aquellos medios que resulten necesarios o útiles para la formación cristiana y para su actividad pastoral.3

Los pastores deben formar y orientar a los fieles para que empleen correctamente estos instrumentos y los pongan al servicio de su propia salvación, de su perfeccionamiento y del bien de toda la familia humana. El decreto atribuye a los laicos una responsabilidad particular: introducir en los medios un espíritu verdaderamente humano y cristiano mediante su competencia profesional y su testimonio.3

La actividad evangelizadora no consiste únicamente en añadir contenidos religiosos a los medios existentes. También exige que el mensaje cristiano entre en la cultura comunicativa y que los profesionales católicos trabajen con calidad técnica, sensibilidad cultural y fidelidad a la verdad. Una comunicación apostólica deficiente no cumple adecuadamente su finalidad.

Principios morales fundamentales

Primacía del orden moral

Inter Mirifica enseña la primacía absoluta del orden moral objetivo. La libertad artística, la innovación técnica y los intereses económicos poseen valor propio, pero ninguno puede situarse por encima de la ley moral. El orden moral coordina las distintas actividades humanas, incluidas las artes, porque afecta a toda la persona y orienta su destino hacia la perfección y la felicidad.6

Esta enseñanza rechaza la idea de que una obra pueda justificarse moralmente solo por su calidad estética, por su éxito comercial o por la intención subjetiva de su autor. La belleza y la creatividad necesitan integrarse en una visión completa de la persona y de su dignidad.

Derecho a la información

La sociedad tiene derecho a recibir información sobre los asuntos que afectan a las personas y a la comunidad, de acuerdo con las circunstancias de cada caso. La información facilita la participación ciudadana, fortalece los vínculos sociales y permite colaborar con mayor eficacia en el bien común.7

Este derecho exige que las noticias transmitidas sean verdaderas y completas, dentro de los límites de la justicia y de la caridad. La búsqueda y la difusión de información deben respetar la dignidad, la intimidad y los derechos legítimos de las personas. La comunicación correcta también requiere un lenguaje digno y decente.7

El derecho a saber no equivale a una autorización para divulgar cualquier dato. No todo conocimiento resulta beneficioso, y la información pierde su rectitud cuando explota el dolor, destruye injustamente la reputación o presenta los hechos de forma manipulada. La verdad necesita el marco de la justicia y de la caridad.7

Arte y moral

El decreto reconoce la dignidad de las artes, pero niega que la libertad artística pueda separarse por completo de la moral. La representación artística tiene que respetar el orden moral objetivo, pues la obra influye en personas concretas y puede contribuir a su crecimiento o a su deterioro.6

La Iglesia no prohíbe toda representación del mal. Una narración, una película o una obra dramática pueden mostrar la maldad para ayudar a comprender la condición humana y manifestar con mayor fuerza la verdad y la bondad. Sin embargo, la presentación del mal debe mantener una adecuada moderación moral, sobre todo cuando trata asuntos que reclaman respeto o que pueden despertar deseos desordenados.8

Responsabilidades de los usuarios

Los usuarios de los medios tienen el deber de formar su conciencia y aplicar criterios de discernimiento. La elección de una publicación, una película, un programa o cualquier otro contenido constituye un acto con posibles consecuencias morales y culturales.

El discernimiento cristiano debe valorar:

  • La verdad y la calidad de la información.
  • El respeto a la dignidad humana.
  • La bondad moral del contenido.
  • Su valor educativo y cultural.
  • La calidad artística.
  • La influencia que puede ejercer sobre niños y jóvenes.
  • Las circunstancias concretas de su consumo.

La responsabilidad aumenta cuando una persona permite que los medios ocupen un lugar desproporcionado en su vida, condicionen sus decisiones o sustituyan el trato personal, la reflexión, el estudio y la vida espiritual.

Responsabilidad de los profesionales

El decreto atribuye una responsabilidad moral principal a todas las personas que participan en la producción y transmisión de contenidos: periodistas, escritores, actores, diseñadores, productores, distribuidores, vendedores, técnicos, críticos y demás profesionales. Su influencia puede orientar a la humanidad hacia el bien o hacia el mal mediante la información y la formación de las emociones.9

Los profesionales deben subordinar los aspectos económicos, políticos, artísticos y técnicos al bien común. El Concilio valora la creación de asociaciones profesionales capaces de promover códigos de conducta y prácticas respetuosas con la moral.9

La protección de los menores ocupa un lugar particular. Muchos lectores y espectadores son jóvenes, por lo que la prensa y los espectáculos deben ofrecer entretenimiento digno y enriquecimiento cultural. Las comunicaciones sobre asuntos religiosos necesitan, además, profesionales competentes y capaces de tratar la materia con la reverencia adecuada.9

Deberes de los poderes públicos

Los poderes públicos deben proteger la libertad legítima de información y, al mismo tiempo, promover el bien común, la moralidad pública y la protección de los menores. La libertad de comunicación no puede convertirse en una excusa para vulnerar derechos fundamentales ni para difundir contenidos gravemente perjudiciales.

El equilibrio entre libertad y responsabilidad exige normas justas, instituciones independientes y una cultura cívica que rechace tanto la censura arbitraria como la explotación irresponsable de la comunicación. La doctrina de Inter Mirifica sitúa la libertad dentro del orden moral y de la responsabilidad social.

Actividad pastoral de la Iglesia

Acción coordinada

El Concilio pide a todos los miembros de la Iglesia una colaboración común y diligente para poner los medios de comunicación al servicio del apostolado. Los pastores deben integrar esta tarea en su responsabilidad ordinaria de predicar el Evangelio, mientras que los laicos han de aportar sus conocimientos técnicos, económicos, culturales y artísticos.10

La acción pastoral también debe anticiparse a los desarrollos perjudiciales, especialmente en lugares donde la promoción moral y religiosa requiere una intervención urgente. La Iglesia no debe limitarse a reaccionar después de que aparezcan los daños; necesita comprender los cambios culturales y participar responsablemente en ellos.10

Prensa católica

El decreto recomienda fomentar una prensa auténticamente católica, dirigida por autoridades eclesiásticas o por laicos católicos. Esta prensa debe formar y orientar la opinión pública conforme a la ley natural y a la doctrina católica, explicar adecuadamente las noticias relativas a la vida de la Iglesia y ayudar a los fieles a elaborar juicios cristianos sobre los acontecimientos.11

El apoyo a la prensa católica no consiste solamente en leerla. También incluye difundirla, sostenerla económicamente y colaborar con ella según las propias capacidades. La comunicación eclesial necesita lectores responsables y profesionales capaces de unir rigor informativo y formación cristiana.

Cine, radio y televisión

Inter Mirifica anima la producción y difusión de películas que aporten entretenimiento digno, cultura humana y calidad artística, especialmente cuando están destinadas a los jóvenes. También recomienda apoyar programas de radio y televisión adecuados para las familias.11

Los programas católicos deben ayudar a los espectadores a conocer las verdades religiosas y a participar, mediante la comunicación, en la vida de la Iglesia. El documento admite la conveniencia de crear emisoras católicas cuando las circunstancias lo aconsejen, pero exige que sus programas alcancen un elevado nivel de calidad y competencia.11

El drama, difundido ampliamente por los medios, también puede contribuir al mejoramiento cultural y moral del público. La Iglesia valora, por tanto, la creatividad artística cuando sirve a la verdad, a la dignidad humana y al crecimiento integral de los espectadores.11

Formación para el uso de los medios

La educación mediática forma parte de la responsabilidad pastoral. Los fieles necesitan conocer el funcionamiento, la influencia y los efectos de los medios para utilizarlos con libertad interior y prudencia. La formación debe alcanzar tanto a quienes reciben los contenidos como a quienes trabajan profesionalmente en su elaboración.4

El decreto pide preparar a sacerdotes, religiosos y laicos con aptitudes para adaptar los medios a los fines del apostolado. Los laicos necesitan formación técnica, doctrinal y moral. También conviene preparar a periodistas, guionistas, profesionales de la radio y la televisión y críticos capaces de juzgar las obras con competencia y de situar adecuadamente las cuestiones morales.12

La formación cristiana no debe reducirse a advertencias contra los peligros. También debe enseñar a comunicar con excelencia, comprender la cultura contemporánea, respetar a los destinatarios y presentar la fe con claridad, belleza y rigor.

Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales

El decreto instituyó la celebración anual de una Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. Esta jornada tiene como finalidad instruir a los fieles sobre sus responsabilidades en el ámbito de la comunicación, promover la oración por esta labor apostólica y favorecer la colaboración de la comunidad cristiana.13

La misma disposición impulsó la creación de un organismo de la Santa Sede dedicado a las cuestiones teóricas y prácticas relacionadas con los medios, incluidos la prensa, la radio, el cine y la televisión. San Pablo VI estableció dicho organismo pocos meses después de la promulgación del decreto.13

Participación de los laicos

La responsabilidad comunicativa corresponde de manera especial a los laicos, porque muchos de ellos trabajan directamente en los ámbitos profesionales de la información, la cultura, el arte y la técnica. Su testimonio cristiano no consiste solo en declarar públicamente su fe, sino también en ejercer su profesión con competencia, honestidad y espíritu apostólico.10

El profesional católico puede contribuir a la misión de la Iglesia mediante:

  • La elaboración rigurosa de contenidos.
  • La defensa de la verdad.
  • El respeto a la dignidad de cada persona.
  • La promoción de obras culturalmente valiosas.
  • La colaboración técnica y artística con iniciativas pastorales.
  • La creación de proyectos comunicativos inspirados en el Evangelio.

La calidad profesional forma parte del testimonio cristiano. La incompetencia, la manipulación o la superficialidad perjudican tanto a los destinatarios como a la credibilidad de la acción evangelizadora.

Vigencia de sus principios

Aunque Inter Mirifica nació en la época de la prensa, el cine, la radio y la televisión, sus principios poseen un alcance más amplio. La primacía del orden moral, el derecho a una información verdadera, la protección de la dignidad humana, la responsabilidad de los profesionales y la necesidad de formar a los usuarios pueden aplicarse a cualquier medio capaz de transmitir mensajes a gran escala.

El desarrollo tecnológico ha aumentado la rapidez, la amplitud y la interacción de la comunicación. Por ello, la cuestión planteada por el decreto conserva su actualidad: la Iglesia debe anunciar el Evangelio utilizando los medios disponibles e integrar el mensaje cristiano en la cultura creada por las nuevas formas de comunicación.14

La actualidad de Inter Mirifica no depende de conservar sus ejemplos técnicos originales, sino de aplicar su visión antropológica y moral. Todo medio debe juzgarse por su relación con la verdad, la libertad, la dignidad de la persona, el bien común y la apertura del ser humano a Dios.

Valoración general

Inter Mirifica ocupa un lugar fundamental en la doctrina católica sobre la comunicación. El decreto ofrece una visión equilibrada que evita dos extremos: el rechazo indiscriminado de la tecnología y la aceptación ingenua de cualquier contenido en nombre de la libertad o del progreso.

Su enseñanza puede resumirse en cuatro convicciones:

  1. Los medios son dones del ingenio humano y pueden servir al desarrollo de la sociedad.
  2. Su uso posee una dimensión moral, porque influye en la inteligencia, la voluntad, las emociones y las costumbres.
  3. La Iglesia tiene el deber de utilizarlos para evangelizar y formar, sin abandonar la exigencia de verdad y calidad.
  4. Todos los participantes comparten responsabilidades, desde los poderes públicos y los profesionales hasta las familias, los educadores y los usuarios.

El decreto invita a transformar la comunicación en un servicio a la verdad, a la dignidad humana y al Reino de Dios. Su orientación final no consiste en apartarse del mundo comunicativo, sino en emplear los descubrimientos humanos de modo que contribuyan al bien de la persona y glorifiquen a Dios.

Citas y referencias

  1. Introducción, Concilio Vaticano II. Inter Mirifica, 1 (1963). 2 3 4
  2. Introducción, Concilio Vaticano II. Inter Mirifica, 2 (1963). 2 3 4 5
  3. Inter Mirifica, Concilio Vaticano II. Inter Mirifica, 3 (04-12-1963). 2 3
  4. Apéndice I - Formación del clero para los medios de comunicación de masas en los documentos oficiales de la Iglesia (en orden cronológico), Congregación para la Educación Católica. Guía de la formación de futuros sacerdotes respecto a los instrumentos de comunicación social, Apéndice I. 11 (1986). 2
  5. Capítulo I - Sobre la enseñanza de la Iglesia, Concilio Vaticano II. Inter Mirifica, 4 (1963).
  6. Inter Mirifica, Concilio Vaticano II. Inter Mirifica, 6 (04-12-1963). 2
  7. Inter Mirifica, Concilio Vaticano II. Inter Mirifica, 5 (04-12-1963). 2 3
  8. Inter Mirifica, Concilio Vaticano II. Inter Mirifica, 7 (04-12-1963).
  9. Capítulo I - Sobre la enseñanza de la Iglesia, Concilio Vaticano II. Inter Mirifica, 11 (1963). 2 3
  10. Capítulo II - Sobre la actividad pastoral de la Iglesia, Concilio Vaticano II. Inter Mirifica, 13 (1963). 2 3
  11. Capítulo II - Sobre la actividad pastoral de la Iglesia, Concilio Vaticano II. Inter Mirifica, 14 (1963). 2 3 4
  12. Capítulo II - Sobre la actividad pastoral de la Iglesia, Concilio Vaticano II. Inter Mirifica, 15 (1963).
  13. Al Pleno del Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales, Papa Juan Pablo II. Al Pleno del Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales (4 de marzo de 1994), 1 (1994). 2
  14. Acta apostolicae sedis, Sancta Sedes. Acta Apostolicae Sedis: número 3, marzo, 2005, 3 (2005).
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