Servicio a la liturgia
Para Pío X, la música sagrada no constituía un adorno independiente de la celebración. Como parte integrante de la liturgia solemne, compartía su finalidad: la gloria de Dios y la santificación de los fieles. Su función consistía, entre otras cosas, en realzar con el canto las palabras litúrgicas y hacerlas más comprensibles, de modo que los fieles pudieran disponerse mejor a la vida de fe y recibir con mayor fruto la gracia propia de los misterios celebrados.,
Esta concepción unía la belleza musical con el contenido de la oración de la Iglesia. La música debía ayudar a expresar el sentido de los textos sagrados, no oscurecerlo ni desplazarlo. En su recuerdo del centenario, san Juan Pablo II relacionó este principio con la participación de los fieles en los misterios sagrados y en la oración pública y solemne de la Iglesia.,
Santidad, calidad artística y universalidad
El documento atribuyó a la música sagrada tres cualidades principales: santidad, excelencia de forma y universalidad. La santidad exigía excluir lo profano, tanto de la música misma como de la manera de interpretarla. La excelencia artística debía otorgar a la música la capacidad de conmover y elevar a quienes la escuchaban. La universalidad, por su parte, permitía incorporar formas musicales propias de cada nación, siempre que estas respetaran las normas generales de la música sagrada.
Pío X no rechazó por principio las formas musicales contemporáneas. Admitió que la Iglesia podía acoger los avances de las artes y la música de su tiempo cuando resultaran aptos para el culto y respetaran las leyes litúrgicas. A la vez, pidió evitar los elementos teatrales o profanos en las composiciones destinadas a las iglesias.