Un himno real y nupcial
El Salmo 45, numerado como Salmo 44 en la tradición litúrgica latina, comienza con la inspiración del poeta que dirige su canto al rey. Su estructura corresponde a un himno de bodas: primero describe al soberano, su majestad, su justicia y su trono; después presenta a la reina, su entrada solemne en el palacio y la alegría de la celebración.1,2
La composición no identifica con certeza al rey ni a la reina de un episodio histórico concreto. La referencia a Tiro permite imaginar a una princesa extranjera incorporada a la casa real, pero no basta para determinar la identidad de la pareja.1,3
El salmo contiene, por tanto, varios niveles de lectura:
- Nivel histórico: una canción regia con motivo de un matrimonio.
- Nivel mesiánico: el rey adquiere rasgos que la tradición judía relacionó con el Mesías davídico.
- Nivel cristológico: la Iglesia reconoce en el rey a Cristo.
- Nivel eclesial y mariano: la reina puede representar a la Iglesia y, de modo eminente, a María.1,4
La figura del rey
El salmo describe al rey como el más hermoso de los hombres, lleno de gracia, defensor de la verdad y amante de la justicia. Su trono permanece para siempre y su cetro expresa rectitud.5
La tradición cristiana identifica esta figura con Cristo. Juan Pablo II explicó que la belleza del rey, unida a la bendición divina, llevó a la tradición cristiana a contemplar en él una imagen de Cristo, verdadero Rey y fuente de la belleza divina.6
Esta identificación resulta decisiva para la interpretación mariana. La reina no aparece aislada, sino junto al Rey. Su dignidad deriva de su relación con él: recibe honor por su proximidad al soberano y participa de la gloria de su reino.



