La tercera parte constituye el núcleo más amplio de la obra. Francisco de Sales aplica la vida devota a situaciones concretas y muestra que la santidad se verifica en las virtudes cotidianas.
La elección de las virtudes
El autor aconseja no dispersarse en múltiples propósitos simultáneos. Cada persona debe reconocer las virtudes que más necesita y ejercitarlas con perseverancia. La humildad, la paciencia, la pureza, la obediencia, la mansedumbre y la caridad requieren una práctica gradual.
El crecimiento espiritual no consiste en imaginar grandes hazañas, sino en aceptar fielmente las ocasiones ordinarias de virtud. Una respuesta amable, la renuncia a una queja, el cumplimiento diligente de una tarea o la aceptación serena de una contrariedad pueden convertirse en actos auténticos de amor a Dios.
La humildad y la reputación
Francisco de Sales distingue entre la humildad cristiana y la falsa modestia. La humildad lleva a reconocer la verdad sobre uno mismo ante Dios, sin negar los dones recibidos ni buscar superioridad sobre los demás.
También aborda la relación entre humildad y reputación. El cristiano no debe vivir esclavizado por la opinión ajena, pero tampoco puede despreocuparse de todo testimonio moral. La buena fama puede favorecer el servicio al prójimo; sin embargo, nunca debe convertirse en vanidad ni en criterio supremo de conducta.
La serenidad en las obligaciones
La vida devota no dispensa del trabajo ni de las responsabilidades. Francisco de Sales aconseja atender los negocios y deberes propios sin caer en la ansiedad. La diligencia cristiana exige actuar con cuidado, pero deja el resultado en manos de la providencia.
La preocupación desordenada divide el corazón y debilita la capacidad de amar. La serenidad, en cambio, permite trabajar con responsabilidad sin convertir las tareas en una forma de esclavitud interior.
La pureza y la moderación
La pureza ocupa un lugar importante en la enseñanza moral de la obra. Francisco de Sales la vincula con la vigilancia, la prudencia, el dominio de los sentidos y la elección de ambientes y relaciones adecuados.
Su orientación no se reduce a prohibiciones. La pureza expresa la integración de la afectividad en el amor verdadero y reclama respeto por la dignidad propia y ajena. La castidad debe vivirse según el estado de vida de cada persona.
La pobreza y la riqueza
Francisco de Sales enseña a vivir tanto en la pobreza como en la prosperidad con libertad interior. La riqueza no constituye por sí misma una condena, ni la pobreza garantiza automáticamente la santidad. La cuestión decisiva reside en el uso de los bienes y en la relación del corazón con ellos.
El cristiano debe evitar tanto la avaricia como la presunción. Los bienes materiales pueden servir a la familia, al trabajo y a los necesitados, pero nunca deben ocupar el lugar reservado a Dios.
La amistad verdadera
La obra concede gran valor a la amistad. Francisco de Sales distingue entre la amistad fundada en la virtud y aquellas relaciones dominadas por la vanidad, la dependencia afectiva o el interés.
La amistad cristiana ayuda a crecer en el bien, favorece la sinceridad y conduce a una mayor caridad. No debe encerrar a las personas en un egoísmo de dos, sino abrirlas al servicio de Dios y del prójimo.
El ocio y las diversiones
La vida devota no exige rechazar toda diversión legítima. Francisco de Sales invita a discernir las actividades recreativas según su efecto sobre la dignidad, la templanza y la vida espiritual.
Una diversión puede ser adecuada cuando proporciona descanso y permite recuperar fuerzas. En cambio, pierde su legitimidad cuando fomenta la vanidad, la violencia, la impureza, la pérdida del dominio propio o el abandono de los deberes.