La palabra irenismo deriva de un término griego relacionado con la paz. En el uso católico, el adjetivo falso o doctrinal acompaña habitualmente al término para señalar que la búsqueda de concordia ha dejado de servir a la verdad y pretende resolver desacuerdos mediante su ocultación o debilitamiento.
Pío XII describió ese riesgo como el intento de apartar los puntos controvertidos para reconciliar entre sí posiciones opuestas en materia dogmática. Su crítica no se dirigía al deseo de superar divisiones, sino a alcanzar la unión sacrificando contenidos de la fe.1
Pablo VI definió el irenismo como un deseo desmedido de lograr la paz y borrar las diferencias a cualquier precio. A su juicio, esa actitud puede expresar desconfianza en la fuerza y el contenido de la Palabra de Dios.2


