El concepto de itinerario catequético tiene sus raíces en la antigua práctica del catecumenado, un proceso de preparación para la iniciación cristiana que se extendía por varios años en la Iglesia primitiva1. El Concilio Vaticano II decretó la restauración y revisión de este catecumenado, adaptándolo a las necesidades misioneras actuales en todas las regiones1. Este resurgimiento subraya la importancia de una formación gradual y completa para aquellos que desean unirse a la Iglesia o profundizar en su fe1.
El itinerario no se limita a la mera celebración de los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, sino que abarca todos los ritos del catecumenado1. Se concibe como una progresión dentro de la comunidad de los fieles, quienes, al reflexionar sobre el misterio pascual y renovar su propia conversión, animan a los catecúmenos a obedecer más libremente al Espíritu Santo1.
