El título procede de las palabras iniciales del documento, Iuvenescit Ecclesia, expresión latina que alude a que la Iglesia rejuvenece. La carta sitúa este rejuvenecimiento en la acción del Espíritu Santo, que renueva, edifica y guía a la Iglesia mediante dones jerárquicos y carismáticos.2
El documento apareció en un contexto de crecimiento de movimientos eclesiales, grupos de fieles y nuevas comunidades, presentes tanto antes como después del Concilio Vaticano II. Estas realidades, junto con las asociaciones tradicionales, los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, habían contribuido a renovar la vida eclesial y su impulso pastoral y misionero.3
La carta no entiende los movimientos y las comunidades nuevas como simples asociaciones creadas para alcanzar un objetivo religioso o social. Los describe como realidades dinámicas que pueden suscitar atracción por el Evangelio y proponer una forma de vida cristiana que abarque las distintas dimensiones de la existencia. Su vida común expresa la comunión eclesial al servicio de la misión.3
