El libro de Jeremías se divide en dos secciones principales: los capítulos 1-45 contienen discursos que amenazan con castigos dirigidos directamente contra Judá y se entrelazan con narraciones de eventos personales y nacionales; los capítulos 46-51 contienen amenazas contra nueve naciones paganas, con la intención de advertir indirectamente a Judá contra el politeísmo y las políticas de estos pueblos.
Infidelidad y Juicio
Un tema recurrente en la profecía de Jeremías es la infidelidad de Israel, a la que compara con una novia que se ha degradado al convertirse en amante de naciones extrañas. El pueblo había abandonado a Dios y profanado el lugar sagrado al ofrecer sacrificios a otros dioses, llenando Jerusalén con la sangre de inocentes y quemando a sus hijos como ofrendas a Baal. Jeremías advirtió que ni siquiera el templo ni los sacrificios podían traer salvación sin una conversión interna. Dios no escucharía sus ayunos ni aceptaría sus ofrendas, sino que los consumiría con espada, hambre y pestilencia.
El profeta denunció a los falsos profetas que prometían «paz verdadera» cuando Dios no los había enviado, y predijo que ellos mismos serían consumidos por la espada y el hambre, y que el pueblo al que profetizaban sería arrojado a las calles de Jerusalén sin sepultura.
El Lamento y la Esperanza Profética
Jeremías es conocido por sus lamentaciones, en las que expresa el profundo dolor por la «gran destrucción» y la «herida incurable» de su pueblo. Sus palabras a menudo están marcadas por el dolor y las lágrimas, ya que Israel no se dejaba conmover por el mensaje del sufrimiento. Sin embargo, el lamento de Jeremías no es una señal de desesperación, sino que está profundamente imbuido de esperanza. Su lamento sirve a una función profética al protestar contra el mal, dar testimonio de la compasión y justicia ocultas del Señor, y negarse a separar la misericordia y la justicia divinas.
La esperanza de Jeremías se ancla en la verdad de Dios y en la promesa del Señor de estar con él, lo que le permite soportar un inmenso dolor. Su lamentación refleja una comprensión más profunda de la «ausencia divina», que no se opone a la presencia del Señor, sino que es la presencia de Dios en su «otredad», que implica tanto una presencia íntima como una experiencia de distancia. Esta esperanza tiene una dimensión escatológica, ya que su conocimiento del profundo dolor de su pueblo le hace reconocer que el remedio debe ser total, nada menos que una curación completa.
El Nuevo Pacto y las Profecías Mesiánicas
Jeremías también profetizó sobre Cristo y el llamado de las naciones. Él anunció que vendrían días en que el Señor levantaría un retoño justo a David, un Rey que reinaría con sabiduría, juicio y justicia en la tierra. En esos días, Judá e Israel serían salvados, y el nombre de este Rey sería «Nuestro Señor Justo» (Jeremías 23:5-6). También se le atribuye la profecía: «Este es mi Dios, y no habrá otro que sea contado en comparación con Él; quien ha descubierto todo el camino de la prudencia, y se lo ha dado a Jacob su siervo, y a Israel su amado: después fue visto en la tierra, y conversó con los hombres».
Además, Jeremías es el profeta que anunció el nuevo pacto del cual Cristo es el Mediador: «He aquí que vienen días, dice el Señor, en que haré un nuevo pacto con la casa de Jacob». Esta profecía del nuevo pacto es fundamental para la comprensión cristiana de la salvación.