Jerusalén ocupa un lugar central en el plan de Dios, reconocido plenamente en el Nuevo Testamento1. Jesús mismo la reverenció, ascendiendo a ella para las fiestas judías de peregrinación y amando celosamente esta morada de Dios entre los hombres2. La ciudad es el escenario donde Cristo vivió, sufrió, murió y resucitó, santificándola con su presencia continua3. Los eventos de la Redención ocurrieron en esta región, donde también surgió la primera comunidad cristiana, que ha perdurado ininterrumpidamente a lo largo de los siglos4.
Para los cristianos, Jerusalén es más que una simple ubicación geográfica; es un locus de memoria, esperanza e identidad5. Es el «punto de contacto» tangible con Jesús6, un lugar para recordar la «Roca de la que fue labrada la Iglesia»6. La ciudad se convirtió en un templo en sí misma, albergando al Hijo de Dios, y sus imágenes y sonidos dieron forma concreta a la memoria de Cristo en la Iglesia7. La liturgia terrenal, de hecho, participa de un anticipo de la liturgia celestial celebrada en la Jerusalén celestial, hacia la cual los fieles peregrinan8. Las iglesias visibles en la tierra son imágenes de esta ciudad santa celestial9.
Aunque los primeros cristianos reinterpretaron la Jerusalén terrenal como un símbolo de la comunidad celestial o la Iglesia10,1, la conexión con la Jerusalén histórica y su Templo siempre ha sido reconocida1. La ciudad es un símbolo de la unidad de la familia humana, sagrada para las tres religiones monoteístas: judíos, cristianos y musulmanes3,11.

