La expresión «nuevo Adán» procede principalmente de la enseñanza de san Pablo. En la Carta a los Romanos, Adán aparece como figura de aquel que había de venir, mientras que Cristo inaugura una humanidad reconciliada con Dios. La desobediencia de un solo hombre introdujo el pecado y la muerte; la obediencia de Cristo comunica la gracia, la justificación y la vida.1
San Pablo desarrolla también esta doctrina en la Primera carta a los Corintios. Adán fue el primer padre de la humanidad según la carne; Cristo, el último Adán, es cabeza de la humanidad redimida y principio de la vida sobrenatural. El primer hombre transmitió una herencia marcada por el pecado y la muerte; Jesucristo comunica una vida nueva, fundada en la gracia y destinada a la resurrección.2
La palabra «nuevo» no significa que Cristo constituya simplemente una segunda versión de Adán. Jesús es el Adán definitivo, el Hombre nuevo en quien la creación alcanza su plenitud. No habrá otro principio humano o salvador semejante, porque Cristo es el único nombre dado a los hombres para alcanzar la salvación.2


