El título de «Sumo y Eterno Sacerdote» expresa, en lenguaje creyente, tres ideas inseparables:
Sumo: Cristo posee la cumbre del sacerdocio, porque su mediación es la definitiva y completa.1,2
Eterno: su obra sacrificial no queda encerrada en un pasado irrepetible, sino que mantiene eficacia permanente y conduce a una consumación de bienes eternos.3,4
Sacerdote: su misión sacerdotal implica que Dios sale al encuentro del hombre, concede bienes divinos y ofrece sacrificio por los pecados, reconciliando a los hombres con Dios.5,6
En la catequesis católica, la Iglesia afirma que, en la acción del sacerdote ordenado, es Cristo mismo quien está presente y actúa como Cabeza, Pastor y «sumo sacerdote del sacrificio redentor».2
