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Joaquinismo

El joaquinismo es el conjunto de interpretaciones y movimientos inspirados en las ideas del abad calabrés Joaquín de Fiore (c. 1132-1202), especialmente en su lectura de la historia como una sucesión de edades relacionadas con las personas de la Trinidad. Su corriente más característica anunció una futura «Edad del Espíritu Santo», entendida por algunos seguidores como una época de renovación radical del cristianismo. El término abarca tanto la obra del propio Joaquín como las reelaboraciones posteriores, que no siempre reflejaron fielmente su pensamiento.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreJoaquinismo
CategoríaTérmino
DescripciónConjunto de interpretaciones y movimientos inspirados en las ideas del abad Joaquín de Fiore, especialmente su lectura de la historia como una sucesión de edades relacionadas con la Trinidad
Año de OrigenSiglo XII
Doctrinas RelacionadasTrinidad, escatología, e Eclesiología
EnseñanzasInterpretación apocalíptica de la historia, teoría de las tres edades y expectativa de un futuro Evangelio del Espíritu.
HistoriaSurgió a partir de los escritos de Joaquín de Fiore (c. 1132-1202) y fue desarrollado posteriormente por seguidores y corrientes como los franciscanos espirituales.
Lugar de OrigenItalia
OrigenAbadía de Fiore, en Calabria
Personas relacionadas
  • Joaquín de Fiore
  • Concilio IV de Letrán
  • Inocencio III
Personas RelacionadasJoaquín de Fiore, Pedro Lombardo, Inocencio III, Celestino III
Tema
Tesis CentralLa historia se divide en tres edades (Padre, Hijo y Espíritu Santo), esperando algunos seguidores una Edad del Espíritu Santo que superaría la estructura jerárquica y sacramental de la Iglesia.
TipoHerejía, XII a XIV

Tabla de contenido

Joaquín de Fiore y el origen del joaquinismo

Joaquín de Fiore fue un abad cisterciense y estudioso de la Biblia. Tras una peregrinación a Tierra Santa, ingresó en la vida monástica y dedicó buena parte de su actividad a interpretar el sentido espiritual de las Escrituras. Fundó la abadía de Fiore, en Calabria, alrededor de la cual surgió una rama monástica de observancia rigurosa, aprobada por el papa Celestino III en 1198. Joaquín presentó sus escritos al papa Inocencio III para que los examinara, pero murió en 1202 antes de que concluyera el proceso.1

Joaquín interpretaba la Biblia como una clave para comprender el desarrollo de la historia de la salvación. Su método relacionaba episodios, figuras y periodos del Antiguo y del Nuevo Testamento, buscando correspondencias entre ambos. La lectura apocalíptica de la historia y el convencimiento de que los acontecimientos presentes podían anticipar transformaciones futuras influyeron profundamente en sus seguidores.2

Conviene distinguir entre Joaquín de Fiore y el joaquinismo posterior. La influencia de su pensamiento dio lugar a interpretaciones que radicalizaron algunas de sus ideas; por ello, las doctrinas atribuidas a los movimientos joaquinitas no siempre pueden asignarse sin más al propio abad. La historiografía también advierte que una expectativa del fin de los tiempos o una división ternaria de la historia, por sí solas, no bastan para demostrar una influencia joaquinita.3

La teoría de las tres edades

La interpretación joaquinita más conocida distribuye la historia en tres edades relacionadas con las tres personas de la Trinidad:

  • La edad del Padre, asociada al Antiguo Testamento y a la historia del pueblo de Israel.
  • La edad del Hijo, vinculada a Cristo y al Nuevo Testamento.
  • La edad del Espíritu Santo, que algunos seguidores esperaban como una etapa futura de plenitud espiritual.

En la versión radical difundida por determinados continuadores, la última edad superaría la etapa histórica de la Iglesia y supondría la desaparición de su estructura jerárquica y sacramental. Esa lectura podía presentar la Iglesia visible como una realidad transitoria, destinada a ceder el lugar a una comunidad espiritual renovada.4,5

Algunas formulaciones posteriores describieron el Evangelio de Cristo como una etapa preparatoria para un futuro «Evangelio del Espíritu» o «Evangelio eterno». En esa interpretación, la religión cristiana institucional habría de ser sustituida por una forma nueva de vida religiosa. Tales formulaciones expresan la versión extrema de la doctrina y no deben confundirse automáticamente con cada aspecto de la obra de Joaquín.2

La fecha de 1260 adquirió relevancia en la recepción medieval de estas expectativas. Una reseña académica vincula con ese año la previsión de que comenzaría una nueva etapa, pero la presenta como una creencia de seguidores y corrientes joaquinitas, no como una caracterización suficiente de toda la enseñanza del abad.5

La polémica trinitaria y la condena de una tesis concreta

Joaquín polemizó con Pedro Lombardo sobre la doctrina de la Trinidad. Rechazó la explicación de la unidad divina que atribuía a Lombardo y sostuvo que esa formulación podía dar a entender una especie de «cuaternidad»: las tres personas, más una esencia común entendida como una realidad aparte. En su propia explicación, Joaquín tendía a comparar la unidad de Dios con una unidad colectiva, como la de un pueblo o una comunidad.6

El Concilio IV de Letrán condenó el tratado de Joaquín contra Pedro Lombardo y rechazó esa interpretación de la unidad trinitaria. La doctrina católica confiesa un solo Dios en tres personas, no una unidad meramente colectiva ni una cuarta realidad junto a las personas. La condena recayó sobre la tesis teológica discutida, pero el mismo documento reconoció la rectitud de la observancia monástica de Fiore y recordó que Joaquín había sometido sus escritos al juicio de la Sede Apostólica, confesando la fe de la Iglesia romana.6,7

Por tanto, la condena de esa posición no equivale a declarar herética toda la persona de Joaquín ni a considerar ilegítima su fundación monástica. Tampoco permite atribuirle sin matices todas las doctrinas que movimientos posteriores asociaron a su nombre.7

Difusión entre los franciscanos espirituales

Durante los siglos XIII y XIV, algunas corrientes de los franciscanos espirituales recurrieron a ideas joaquinitas para interpretar la historia de la Iglesia y reclamar una renovación religiosa. Ciertos grupos esperaban una Iglesia futura libre de jerarquía y sacramentos, anticipada dentro de la historia antes del fin definitivo. La asociación con estas ideas contribuyó a la controversia entre los espirituales y las autoridades de la orden y de la Iglesia.5

No todos los franciscanos reformadores fueron joaquinitas. La coincidencia en la búsqueda de una vida más rigurosa, la esperanza de una renovación eclesial o la atención al fin de los tiempos no demuestra por sí misma dependencia doctrinal. Los estudios sobre las reformas franciscanas del siglo XVI cuestionan la identificación general de estas con el joaquinismo y distinguen entre impulsos de reforma compatibles con la tradición católica y las tesis atribuidas a los espirituales radicales.5,8

Valoración teológica

La Iglesia distingue entre la esperanza cristiana en la acción del Espíritu Santo y la idea de que una época futura reemplazará la Iglesia de Cristo. La primera pertenece a la vida cristiana: el Evangelio transforma a las personas y puede influir en la cultura y en las instituciones. La segunda, cuando supone que la salvación culminará en una etapa histórica que haga prescindibles la Iglesia, los sacramentos o su estructura, entra en conflicto con la comprensión católica de la Iglesia como comunidad visible y sacramental.5,9

Tampoco cabe identificar plenamente la historia de la salvación con un proyecto político o con una transformación social alcanzada dentro de la historia. La acción cristiana puede producir frutos culturales y cívicos, pero esas realizaciones siguen siendo provisionales y no equivalen a la plenitud definitiva de la salvación.9

Influencia y legado

El pensamiento de Joaquín de Fiore tuvo una notable posteridad en la cultura europea medieval y moderna. Sus esquemas de interpretación histórica atrajeron a movimientos religiosos y a autores que esperaban una transformación radical de la sociedad o de la vida espiritual. Sin embargo, atribuir una influencia directa exige algo más que encontrar referencias al fin de los tiempos, una división de la historia en tres periodos o un deseo de reforma.3

El término joaquinismo puede designar, por tanto, fenómenos distintos: el pensamiento histórico y bíblico de Joaquín; las interpretaciones de sus continuadores; y, en un sentido más amplio, las corrientes que anuncian una etapa futura de plenitud espiritual dentro de la historia. La precisión resulta esencial para no confundir la esperanza cristiana de renovación con la tesis de que una nueva edad sustituirá a la Iglesia y a su vida sacramental.4,5,3

Citas y referencias

  1. Joaquín de Fiore, Enciclopedia Católica, Joaquín de Fiore (1913).
  2. N. Blázquez, Los tratados sobre la ley antigua y nueva en la 'Summa theologiae', 33 (1983). 2
  3. Revista de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, Reseñas, 3, 19 (1989). 2 3
  4. J. I. Saranyana, La Iglesia Católica y América, 6 (1992). 2
  5. Scripta Theologica, Reseñas 3, 19 (1986). 2 3 4 5 6
  6. La Trinidad, los sacramentos, la misión canónica, etc.* - Cap. 2: El error del abad Joaquín *, Heinrich Joseph Dominicus Denzinger, Las fuentes del dogma católico (Enchiridion Symbolorum), 803 (1854). 2
  7. La Trinidad, los sacramentos, la misión canónica, etc.* - Cap. 2: El error del abad Joaquín *, Heinrich Joseph Dominicus Denzinger, Las fuentes del dogma católico (Enchiridion Symbolorum), 807 (1854). 2
  8. Scripta Theologica, Reseñas, 1, 21 (1988).
  9. J. L. Illanes, La eclesiología, presupuesto para la configuración de la Historia de la Iglesia como disciplina científica, 10 (1995). 2
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