Joaquín de Fiore fue un abad cisterciense y estudioso de la Biblia. Tras una peregrinación a Tierra Santa, ingresó en la vida monástica y dedicó buena parte de su actividad a interpretar el sentido espiritual de las Escrituras. Fundó la abadía de Fiore, en Calabria, alrededor de la cual surgió una rama monástica de observancia rigurosa, aprobada por el papa Celestino III en 1198. Joaquín presentó sus escritos al papa Inocencio III para que los examinara, pero murió en 1202 antes de que concluyera el proceso.1
Joaquín interpretaba la Biblia como una clave para comprender el desarrollo de la historia de la salvación. Su método relacionaba episodios, figuras y periodos del Antiguo y del Nuevo Testamento, buscando correspondencias entre ambos. La lectura apocalíptica de la historia y el convencimiento de que los acontecimientos presentes podían anticipar transformaciones futuras influyeron profundamente en sus seguidores.2
Conviene distinguir entre Joaquín de Fiore y el joaquinismo posterior. La influencia de su pensamiento dio lugar a interpretaciones que radicalizaron algunas de sus ideas; por ello, las doctrinas atribuidas a los movimientos joaquinitas no siempre pueden asignarse sin más al propio abad. La historiografía también advierte que una expectativa del fin de los tiempos o una división ternaria de la historia, por sí solas, no bastan para demostrar una influencia joaquinita.3
