La Jornada Mundial de la Juventud nace del deseo pastoral de que la Iglesia cuide a los jóvenes y los acompañe con ternura y verdad en sus inquietudes, preocupaciones, aspiraciones y esperanzas. San Juan Pablo II explicó la lógica de esta iniciativa con una insistencia decisiva: la Iglesia debe asegurar a los jóvenes que cuentan con su cuidado, con su presencia y con una oferta explícita de Cristo como certeza, verdad y amor.1
En la práctica, la JMJ constituye una experiencia viva donde los jóvenes perciben a la Iglesia como comunidad que camina con ellos; comparten la fe, la celebran y la traducen en decisiones responsables. La estructura de la Jornada integra dimensiones kerygmáticas (anuncio), formativas (crecimiento), testimoniales (vivencia), sacramentales (encuentro con Dios) y artísticas, con capacidad de inspirar también las celebraciones locales.2

