La amenaza de Nabucodonosor y Holofernes
La narración comienza con Nabucodonosor, presentado como rey de Nínive y señor de los asirios. Después de una campaña contra Arfaxad, rey de los medos, el monarca decide someter a los pueblos que no habían respondido a sus exigencias. Para ejecutar su plan envía a Holofernes, su principal general, al frente de un ejército poderoso.
Holofernes avanza por los territorios de Oriente Próximo y recibe el apoyo o la sumisión de numerosos pueblos. Israel aparece como una excepción, porque el pueblo judío no confía en la fuerza de sus armas, sino en la alianza con el Dios único. La resistencia de Israel provoca la cólera del general, que decide destruir Jerusalén y profanar el santuario.
La ciudad de Betulia, situada en una zona estratégica, queda sometida al asedio. El ejército asirio bloquea las rutas y corta el acceso al agua. La población, debilitada por el hambre y la sed, pierde progresivamente la esperanza. Ozías, dirigente de la ciudad, intenta mantener la resistencia durante cinco días, pero fija un plazo para la intervención divina: si Dios no los salva en ese tiempo, entregará la ciudad a los asirios.
Ajior, testigo de la historia de Israel
Entre los personajes secundarios aparece Ajior, jefe amonita. Holofernes le pide que explique quiénes son los judíos y en qué consiste su fuerza. Ajior responde relatando la historia de Israel: Dios protege al pueblo cuando permanece fiel, pero permite que caiga en manos de sus enemigos cuando abandona la alianza.
El general rechaza esta interpretación religiosa. Su mentalidad identifica la victoria con la potencia militar y considera absurdo que una nación pequeña pueda resistir a su ejército. Como castigo, manda entregar a Ajior a los habitantes de Betulia, convencido de que la ciudad caerá pronto. El amonita termina incorporándose al pueblo judío después de comprobar que el Dios de Israel ha cumplido su palabra.
La aparición de Judit
Judit pertenece a una familia israelita distinguida. El libro ofrece una extensa genealogía que vincula a la protagonista con la memoria del pueblo elegido. Su marido, Manasés, murió durante la cosecha de la cebada, víctima de un golpe de calor mientras supervisaba las labores del campo. Judit quedó viuda y mantuvo esa condición durante tres años y cuatro meses.
La viuda vive dedicada a la oración, al ayuno y a la observancia religiosa. Viste ropas de duelo, aunque interrumpe el ayuno en los días festivos establecidos por la tradición de Israel. También administra con prudencia los bienes que había heredado de su marido. El narrador une en ella belleza, riqueza, castidad, inteligencia y temor de Dios; la comunidad no encuentra motivo para hablar mal de su conducta.
Cuando Judit escucha que los habitantes acusan a sus dirigentes y que Ozías ha prometido rendir la ciudad si Dios no actúa en cinco días, convoca a los ancianos. La protagonista censura su decisión porque equivale a poner a Dios a prueba y a imponerle un plazo humano. Judit sostiene que el Señor puede salvar cuando quiera y del modo que quiera:
«No intentéis limitar los designios del Señor, nuestro Dios; Dios no es como un ser humano, al que se pueda amenazar o convencer».
La fe de Judit no consiste en exigir un milagro concreto. Ella espera la salvación sin dictar a Dios las condiciones de su intervención. Esta actitud distingue la esperanza bíblica de la presunción: el creyente confía, pero no convierte la oración en una orden dirigida a Dios.
La sierva de Judit
La sierva de Judit cumple una función narrativa y teológica de gran importancia. El libro la presenta como la mujer encargada de administrar todos los bienes de su señora. Judit la envía para convocar a Ozías y a los ancianos, y más adelante la lleva consigo al campamento asirio.
Aunque la narración no le concede largos discursos, su presencia acompaña cada fase decisiva de la misión. La sierva garantiza la continuidad práctica de la acción de Judit: prepara lo necesario, la sigue fuera de la ciudad, permanece vinculada a ella durante la peligrosa incursión y participa en el retorno triunfal. La heroína no actúa como una figura aislada de toda relación humana; cuenta con una colaboradora fiel que comparte el riesgo y protege el desarrollo de su misión.
La fidelidad de la sierva posee además un valor simbólico. Judit encarna la iniciativa espiritual y política; la sierva representa la fidelidad humilde y perseverante que hace posible llevar a término una misión. El libro no reduce la liberación a un acto individual de fuerza. La victoria nace de una comunidad: la mujer que discierne, la sierva que acompaña, los ancianos que escuchan, los habitantes que recuperan el ánimo y los combatientes que finalmente atacan al ejército enemigo.
La relación entre ambas mujeres también corrige una lectura superficial de la heroína. Judit no busca gloria personal. Su sierva la acompaña en la sobriedad, en la prudencia y en el servicio a Israel. La tradición cristiana posterior recordó igualmente que, al final de su vida, Judit repartió su herencia y concedió la libertad a su sierva. El papa Francisco interpretó este gesto como una expresión de generosidad en la vejez y como una enseñanza sobre el uso de los bienes en favor de la familia y de la sociedad.
La oración y la preparación
Antes de acudir al campamento enemigo, Judit intensifica su oración. Pide a Dios fuerza, inteligencia y éxito para su misión. Su acción no brota de la confianza en su belleza ni de una ambición personal, sino de la certeza de que Israel necesita recuperar la esperanza.
Judit se adorna cuidadosamente y abandona las vestiduras de duelo. El cambio exterior no implica infidelidad a su vida de oración. La protagonista utiliza su belleza como un medio prudente dentro de una estrategia de liberación. El libro presenta esta belleza como un don puesto al servicio del bien común, no como un instrumento de vanidad.
La Iglesia ha leído esta escena a la luz de la virtud de la prudencia. San Ambrosio relacionó en Judit la valentía con la castidad, la sabiduría, la sobriedad y la moderación. Para él, la viuda no actúa movida por una pasión desordenada, sino por una inteligencia disciplinada y una voluntad orientada a la defensa del pueblo.
Judit ante Holofernes
Judit y su sierva entran en el campamento asirio. Holofernes queda impresionado por su belleza y escucha su discurso con interés. Judit utiliza un lenguaje cuidadosamente calculado: no abandona la verdad de su fe, pero adapta sus palabras a la situación para obtener acceso al general y esperar el momento oportuno.
Holofernes, embriagado por el orgullo y el vino, queda solo con Judit en su tienda. La protagonista toma la espada del general y le corta la cabeza. Después entrega el trofeo a su sierva, que lo guarda en el saco de alimentos. Las dos mujeres abandonan el campamento con el pretexto de cumplir sus prácticas religiosas y regresan a Betulia.
La muerte de Holofernes provoca el desconcierto del ejército asirio. Los israelitas salen de la ciudad y atacan a sus enemigos, que huyen desordenadamente. El ejército que parecía invencible cae cuando desaparece su comandante. La liberación culmina con la recuperación de los bienes y con la purificación del santuario.
El cántico de Judit
Después de la victoria, Judit entona un himno de alabanza. El cántico atribuye la salvación a Dios, que «aplasta las guerras» y no permite que el orgullo de los violentos tenga la última palabra. La liturgia cristiana incorporó algunos versículos del himno de Judit a la oración de Laudes.
El himno interpreta la derrota de Holofernes desde la perspectiva de la providencia. El general había amenazado con incendiar el territorio, matar a los jóvenes y llevarse como botín a los niños y a las jóvenes. Frente a esas amenazas, la grandeza militar del enemigo queda reducida a una arrogancia pasajera.
La obra no termina con la glorificación personal de Judit. La alabanza retorna a Dios, autor de la victoria. Judit sirve como instrumento de una acción divina que libera a los débiles mediante medios inesperados.