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Juez Ehud

Ehud, hijo de Guerá y miembro de la tribu de Benjamín, fue uno de los jueces de Israel y protagonista de la liberación de los israelitas del dominio de Eglón, rey de Moab, según el libro de los Jueces. La narración presenta a Ehud como un libertador suscitado por Dios en un periodo de opresión nacional, y describe su victoria mediante una acción militar audaz que culminó con la muerte del monarca moabita y la derrota de sus fuerzas. El relato posee también una dimensión teológica: muestra el ciclo de pecado, castigo, clamor y liberación que estructura buena parte del libro de los Jueces.1,2

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreJuez Ehud
CategoríaPersona
Nombre CompletoEhud hijo de Guerá
DescripciónJuez benjaminita que mató al rey moabita Eglón y condujo la liberación de Israel. Ehud, zurdo, entró con una espada oculta y asesinó a Eglón, luego dirigió la campaña contra Moab, logrando 80 años de paz
TítuloJuez de Israel
NacionalidadIsraelita
SexoMasculino
ReferenciasJueces 3:12-3:30
Contexto BíblicoLibro de Jueces, capítulos 3:12-3:30
Contexto HistóricoLiberó a Israel del dominio moabita de 18 años
Duración18 años de opresión moabita
Enseñanzas
  • Dios suscita libertadores
  • la astucia y la fe pueden lograr la liberación
  • la justicia divina supera la violencia humana
ImportanciaFigura de libertador divina en el ciclo de pecado-castigo-liberación del libro de Jueces
Importancia EclesialInterpretado como prefiguración de la justicia cristiana y la liberación espiritual
Lugar de OrigenTribu de Benjamín, Israel
Personas RelacionadasEglón (rey de Moab), Guerá (padre)
SimbolismoEspada oculta simboliza la acción providencial de Dios
TipoFigura bíblica, Juez

Tabla de contenido

Identidad y significado de su misión

El nombre de Ehud aparece en el contexto de la historia de los jueces, líderes carismáticos que Dios suscitaba para liberar a Israel de sus opresores antes de la instauración de la monarquía. El libro de los Jueces no presenta a estos personajes como gobernantes permanentes de todo el pueblo, sino como instrumentos de liberación en momentos concretos de crisis.

Ehud era hijo de Guerá y pertenecía a la tribu de Benjamín, territorio situado entre las regiones centrales de Israel y las zonas próximas al Jordán. El relato lo describe además como zurdo, una característica que desempeña una función decisiva en la estrategia de su misión. Los israelitas, acostumbrados a que las armas se llevasen en el lado izquierdo del cuerpo, probablemente esperaban que un mensajero diestro ocultase la espada en el lado izquierdo; Ehud, en cambio, la sujetó en el muslo derecho, donde pasó inadvertida.1

El texto bíblico no reduce la zurdera de Ehud a una simple particularidad física. En el contexto narrativo, aquella condición aparentemente secundaria se convirtió en el medio mediante el cual Dios otorgó la liberación a Israel. La narración concede así valor a una persona que podía parecer atípica dentro de los esquemas militares habituales. La eficacia de Ehud no procede de una posición social elevada ni de una fuerza extraordinaria descrita por el texto, sino de su iniciativa, su inteligencia estratégica y su disponibilidad para cumplir una misión de liberación.

Contexto histórico y teológico

El ciclo del libro de los Jueces

La historia de Ehud forma parte de un ciclo repetido:

  1. Israel abandona la fidelidad al Señor.
  2. El pueblo cae bajo el dominio de un enemigo.
  3. Israel clama a Dios desde la opresión.
  4. Dios suscita un libertador.
  5. La opresión termina y llega un periodo de descanso.

El capítulo tercero del libro de los Jueces presenta este esquema de manera explícita. Los israelitas olvidaron al Señor y rindieron culto a los baales y a las aseras. Como consecuencia de esa infidelidad, quedaron sometidos a poderes extranjeros. Después de la liberación realizada por Otoniel, Israel volvió a obrar mal y quedó expuesto a una nueva opresión.2

La narración de Ehud, por tanto, no constituye únicamente un relato de intriga política o de violencia militar. El autor interpreta la historia de Israel desde la relación de la alianza: la idolatría y la infidelidad producen desorden, mientras que el clamor del pueblo abre el camino a la acción salvadora de Dios.

La opresión de Moab

El rey Eglón de Moab estableció una alianza con los amonitas y los amalecitas, derrotó a Israel y tomó la llamada ciudad de las Palmeras, tradicionalmente identificada con Jericó. Los israelitas permanecieron sometidos a Moab durante dieciocho años. La dominación incluía el pago de tributos, que Israel entregaba al rey moabita.1

Moab ocupaba un territorio situado al este del Jordán. Su proximidad geográfica permitía ejercer presión sobre las tribus israelitas asentadas en la región oriental y central. El control de los pasos del Jordán tenía una importancia estratégica evidente: quien dominase los vados podía impedir el movimiento de tropas y dividir las comunicaciones entre las distintas zonas del país.

Cuando los israelitas clamaron al Señor, Dios suscitó a Ehud como libertador. El vocabulario del relato presenta su acción dentro de la iniciativa divina: Ehud actúa como instrumento de una liberación que el Señor concede a su pueblo.1

La espada de Ehud

Ehud fabricó una espada de dos filos de aproximadamente un codo de longitud. La sujetó bajo la ropa, en el muslo derecho. El arma no era visible cuando acudió a entregar el tributo a Eglón. La elección del lugar no fue accidental: su condición de zurdo le permitía extraer la espada con la mano izquierda desde el lado derecho del cuerpo, aprovechando una dirección inesperada para los guardias.1

La espada de doble filo aparece aquí como un instrumento concreto de liberación. El texto no atribuye a la espada una fuerza mágica ni la convierte en un objeto sagrado. Su eficacia depende de la decisión de Ehud y, en el plano teológico de la narración, de la acción providente de Dios.

El relato describe a Eglón como un hombre muy corpulento. Este detalle intensifica el contraste entre el rey poderoso y el libertador que llega aparentemente como un simple portador de tributo. El autor utiliza también la corpulencia del monarca para subrayar la inversión de poder que ocurrirá en la estancia privada del palacio.1

El asesinato de Eglón

La entrega del tributo

Ehud presentó el tributo a Eglón y, una vez terminada la entrega, envió de regreso a los hombres que lo habían acompañado. Después de alejarse, volvió hasta las proximidades de Guilgal. Allí comunicó al rey que tenía para él un mensaje secreto. Eglón ordenó silencio y dispuso que sus servidores abandonasen la estancia.1

La escena utiliza varios elementos de la literatura narrativa: el tributo, el mensaje secreto, la retirada de los acompañantes y el espacio privado del rey. La supuesta comunicación divina provoca que Eglón se levante de su asiento. Ese movimiento coloca al monarca en la posición que permite a Ehud ejecutar su ataque.1

«Tengo un mensaje de Dios para ti»

Ehud entró en la cámara superior y anunció al rey: «Tengo un mensaje de Dios para ti». Cuando Eglón se levantó, Ehud sacó la espada con la mano izquierda y la hundió en el vientre del rey. La descripción bíblica utiliza un lenguaje deliberadamente gráfico y directo, propio de un relato de guerra y liberación.1

La frase sobre el mensaje de Dios no autoriza a considerar toda forma de engaño o violencia como moralmente legítima para los cristianos. Dentro de la narración, la expresión introduce el juicio de Dios contra el opresor y vincula el acontecimiento con la liberación de Israel. La lectura cristiana debe distinguir entre la descripción de una acción en la historia sagrada y una norma moral universal aplicable a cualquier situación.

La demora de los servidores

Después de matar a Eglón, Ehud salió de la estancia, cerró las puertas y las dejó aseguradas. Los servidores del rey interpretaron la demora como una necesidad privada del monarca y esperaron durante un tiempo considerable. Cuando finalmente abrieron la puerta, encontraron a Eglón muerto. Ese retraso permitió que Ehud escapase y alcanzase la región de Seirá.1

El episodio contiene un componente de ironía narrativa: los servidores atribuyen la tardanza del rey a una circunstancia ordinaria, mientras el lector ya conoce la verdadera causa. Esta ironía aumenta la tensión del relato y muestra cómo la astucia de Ehud desarticula la seguridad del palacio moabita.

La campaña contra Moab

Una vez a salvo, Ehud llegó a la región montañosa de Efraín y tocó el cuerno. Los israelitas acudieron a él, y Ehud asumió el liderazgo de la respuesta militar. Proclamó que el Señor había entregado a los moabitas en manos de Israel.1

La primera acción de la campaña consistió en ocupar los vados del Jordán. Este movimiento impedía que los moabitas escapasen o recibiesen refuerzos desde la otra orilla. El relato atribuye a Israel la muerte de unos diez mil hombres moabitas y afirma que ninguno logró huir. Finalmente, Moab quedó sometido e Israel disfrutó de ochenta años de descanso.1

El número de diez mil puede funcionar como una cifra militar de gran magnitud dentro de la presentación narrativa. La finalidad principal del pasaje consiste en mostrar la amplitud de la liberación y el restablecimiento del orden después de dieciocho años de opresión.

Ehud como juez de Israel

El título de juez no debe entenderse aquí únicamente en el sentido moderno de magistrado que preside un tribunal. En el libro de los Jueces, el juez es ante todo un dirigente suscitado por Dios para defender y liberar a Israel. La autoridad de Ehud procede de su misión liberadora y de su capacidad para reunir al pueblo en un momento de peligro.

El texto llama a Ehud «libertador» y presenta su liderazgo militar como respuesta a la opresión moabita. Después de su intervención, la tierra disfruta de un largo periodo de paz.1

Esta forma de autoridad posee un carácter carismático: no deriva de una dinastía establecida ni de una institución monárquica. El juez aparece cuando la situación exige una intervención decisiva. La narración de Ehud anticipa así uno de los temas centrales del libro: la necesidad de que Israel permanezca fiel a Dios y no dependa únicamente de libertadores ocasionales.

Justicia retributiva y plenitud del Nuevo Testamento

La justicia en el Antiguo Testamento

El relato de Ehud pertenece a una etapa de la revelación bíblica en la que la justicia aparece vinculada de manera estrecha a la defensa de la comunidad de la alianza y al castigo del opresor. Eglón ha sometido a Israel, exige tributo y representa una dominación extranjera que el narrador interpreta dentro del juicio histórico sobre la infidelidad y la liberación del pueblo.

La justicia retributiva no equivale necesariamente a una venganza ilimitada. La ley del talión, por ejemplo, pretendía limitar la espiral de violencia y evitar que una ofensa menor recibiese una respuesta desproporcionada. La Comisión Bíblica Pontificia explica que este principio sustituyó la venganza desmedida por una retribución limitada y proporcionada, aunque la revelación bíblica avanzó posteriormente hacia la superación del ciclo de represalias.3

La justicia bíblica posee además una dimensión restauradora. No busca únicamente infligir una pena al culpable, sino restablecer el orden de la comunidad y la relación de alianza. La justicia de Dios en el Antiguo Testamento incluye castigo, liberación, perdón y restauración de las relaciones dañadas.4

Por ello, el lector cristiano no debe interpretar la muerte de Eglón como una autorización general para la violencia privada, el asesinato político o la venganza personal. El pasaje narra un acto situado dentro de la historia concreta de Israel y dentro de una etapa determinada de la revelación.

La plenitud de la revelación en Jesucristo

Jesucristo lleva la revelación de la justicia a su plenitud. En el Sermón de la Montaña, el Señor contrapone la antigua limitación de la venganza a la llamada a no devolver mal por mal, amar a los enemigos y orar por quienes persiguen. La Comisión Bíblica Pontificia describe este desarrollo como el paso desde la venganza descontrolada, pasando por la limitación de la represalia, hasta la superación de la cadena retributiva mediante el perdón y el amor.3

San Agustín explicó que el precepto «ojo por ojo» ya contenía una limitación de la venganza, porque impedía que el ofendido respondiese con un castigo mayor que el daño recibido. Sin embargo, Cristo lleva esa orientación a su plenitud al enseñar que el discípulo debe renunciar a la venganza y aprender a perdonar.5

La muerte y resurrección de Cristo constituyen la culminación de la justicia salvadora de Dios. En Jesucristo, la justicia no consiste simplemente en devolver a cada uno el mal que ha cometido, sino en vencer el pecado, restaurar la comunión con Dios y abrir un camino de conversión y vida nueva.6

Desde esta perspectiva, Ehud puede contemplarse como una figura de una liberación histórica incompleta. Él libera a Israel de un dominador externo; Cristo libera a la humanidad del pecado y de la muerte. La comparación no identifica a Ehud con Jesucristo ni convierte su acción violenta en modelo directo de conducta cristiana. La tipología cristiana reconoce una preparación y una analogía parcial, pero también una diferencia decisiva: la victoria definitiva de Cristo pasa por la entrega de sí mismo, el perdón y la resurrección.

Interpretación espiritual y exégesis patrística

La lectura alegórica de las guerras bíblicas

Los Padres de la Iglesia acostumbraban a leer los combates del Antiguo Testamento en varios niveles. Sin negar necesariamente la realidad histórica del relato, buscaban también su significado espiritual. Los enemigos de Israel podían representar el pecado, las pasiones desordenadas, la idolatría o las potencias que apartan al ser humano de Dios.

Esta forma de interpretación no convierte a Eglón en una persona concreta de la vida contemporánea contra la que el cristiano deba actuar violentamente. El rey moabita puede representar, en una lectura espiritual, una forma de opresión interior: el dominio de un pecado arraigado, de una pasión que exige tributo constante o de una falsa seguridad que ocupa el centro de la vida.

San Agustín interpretó con frecuencia los pueblos y conflictos del Antiguo Testamento como figuras de realidades espirituales relacionadas con la Iglesia, el pecado, la ley y la acción de Cristo. En su lectura del salmo 59, por ejemplo, identifica a Moab con las malas obras que brotan de un uso desordenado de la ley y contempla las tribulaciones de la Iglesia mediante un lenguaje simbólico.7

La alegoría patrística exige prudencia. No permite afirmar que cada detalle narrativo posea una equivalencia doctrinal exacta. Su finalidad consiste en conducir al lector desde la historia bíblica hacia la conversión, la vigilancia y la contemplación de la obra salvadora de Dios.

La espada como imagen de la lucha contra el pecado

La espada de Ehud puede adquirir, en una lectura espiritual, un valor simbólico relacionado con la decisión y el discernimiento. El cristiano no combate contra personas, pueblos o grupos humanos, sino contra el pecado y contra las fuerzas espirituales del mal. El combate espiritual requiere reconocer la gravedad de la tentación sin convertir a los demás en enemigos absolutos.

El Catecismo de la Iglesia greco-católica ucraniana enseña que todo cristiano entra en combate espiritual desde el bautismo: muere al pecado para vivir para Dios. También presenta la oración, el ayuno y la limosna como armas de esta lucha.8

El Catecismo del Concilio de Trento describe la vida presente como un tiempo de combate continuo contra el mundo, la carne y el demonio. La concupiscencia -la inclinación desordenada que permanece en el ser humano herido por el pecado- y la acción del demonio pueden asaltar el alma, pero la gracia de Dios permite resistir y perseverar.9

San Juan Crisóstomo utiliza la imagen de las armas espirituales para exhortar a los cristianos a protegerse mediante la fe, la salvación y la «espada del Espíritu». Para él, el lugar propio del demonio es el pecado, y la oración continua ayuda al creyente a resistir sus ataques.10

La enseñanza contemporánea conserva esta dimensión de vigilancia. El papa Francisco afirma que el camino hacia la santidad implica un combate constante contra las asechanzas del mal. Entre las armas que Cristo ofrece menciona la oración llena de fe, la meditación de la Palabra de Dios, la misa, la adoración eucarística, la reconciliación sacramental, las obras de caridad, la vida comunitaria y la misión.11

El paso de la violencia exterior a la conversión interior

La lectura cristiana de Ehud desplaza el centro de atención. El lector ya no busca imitar la acción física del juez, sino descubrir qué poder interior mantiene esclavizada su vida. La pregunta espiritual no consiste en identificar a quién debe derrotar, sino en reconocer qué pecado necesita entregar a Dios.

Pueden establecerse varias correspondencias espirituales:

  • La opresión moabita puede representar la esclavitud habitual a un pecado.
  • El tributo puede evocar las energías, el tiempo y la libertad que el pecado reclama.
  • La espada oculta puede simbolizar la decisión interior que rompe con la complicidad secreta.
  • La liberación de los vados del Jordán puede sugerir la necesidad de cerrar los caminos por los que la tentación vuelve a entrar.
  • Los ochenta años de descanso recuerdan que la conversión debe producir una paz estable, no únicamente una victoria momentánea.

Estas correspondencias pertenecen al ámbito de la meditación espiritual y no sustituyen el sentido histórico y literario del pasaje.

El combate espiritual en la vida cristiana

La historia de Ehud puede iluminar la necesidad de una vigilancia concreta. El pecado rara vez aparece únicamente como una decisión aislada; con frecuencia establece estructuras de dependencia, hábitos y justificaciones. La liberación exige reconocer la esclavitud, clamar a Dios y adoptar medios concretos de conversión.

La vida cristiana dispone de instrumentos ordinarios para este combate:

  • La oración, que orienta la voluntad hacia Dios.
  • La escucha de la Escritura, que descubre la mentira del pecado.
  • La penitencia y el ayuno, que ayudan a ordenar los deseos.
  • La confesión sacramental, que comunica el perdón y restaura la amistad con Dios.
  • La Eucaristía, que alimenta la unión con Cristo.
  • La caridad, que rompe el encierro egoísta.
  • La vida comunitaria, que evita el aislamiento espiritual.
  • La vigilancia sobre las ocasiones de pecado, que impide alimentar deliberadamente aquello que conduce a la caída.

La tradición cristiana insiste en que el demonio no posee un poder absoluto sobre el ser humano. San Juan Crisóstomo enseña que Dios no permite que el diablo venza por una coacción irresistible y exhorta al creyente a permanecer armado y vigilante.10

La lucha tampoco debe transformarse en sospecha constante o miedo enfermizo. La vigilancia cristiana une alerta y confianza: alerta ante el pecado y confianza en la gracia de Dios. La santidad requiere perseverancia, pero la victoria pertenece en último término a Cristo.

Valor literario del relato

La historia de Ehud presenta una narración cuidadosamente construida. El autor introduce gradualmente los elementos de la acción:

  1. La infidelidad de Israel.
  2. La opresión de Moab.
  3. El clamor del pueblo.
  4. La elección de Ehud.
  5. La espada escondida.
  6. La entrega del tributo.
  7. El mensaje secreto.
  8. La muerte de Eglón.
  9. La huida de Ehud.
  10. La movilización de Israel.
  11. La ocupación de los vados.
  12. El descanso de la tierra.

El relato combina tensión, ironía y sorpresa. La zurdera de Ehud, la privacidad de la cámara, la credulidad de los servidores y la ocupación estratégica del Jordán forman una secuencia narrativa unificada. El resultado muestra que la liberación no depende de un solo golpe audaz: Ehud debe escapar, reunir al pueblo, ocupar los pasos decisivos y completar la derrota del enemigo.

El lenguaje corporal y los detalles de la escena palaciega producen un efecto de inversión. El rey, que parecía controlar a Israel mediante el tributo, termina muerto en su propia cámara. El mensajero aparentemente subordinado adquiere la iniciativa, mientras el monarca queda completamente aislado.

Valor teológico

La historia de Ehud enseña varias verdades fundamentales del libro de los Jueces:

  • La idolatría rompe la comunión con Dios y deja a Israel vulnerable a nuevas formas de esclavitud.2
  • Dios escucha el clamor de su pueblo y suscita instrumentos de liberación.2
  • La salvación no depende de las apariencias: Dios puede servirse de una persona cuya característica física la aparta de los modelos militares habituales.
  • La astucia puede cumplir una función defensiva dentro de una situación de guerra, aunque el relato no ofrezca una norma general para la conducta privada.
  • La libertad exige perseverancia y organización: después de la muerte de Eglón, Ehud todavía debe conducir al pueblo y asegurar los pasos del Jordán.
  • La paz constituye el fruto de la liberación, aunque en el libro de los Jueces siempre aparece como una paz provisional, amenazada por futuras infidelidades.1

Consideración moral cristiana

Un lector cristiano debe afrontar con seriedad la violencia del pasaje. La Biblia narra guerras, ejecuciones y actos de engaño sin presentar cada episodio como un modelo moral completo. La revelación posee una historia y alcanza su plenitud en Jesucristo.

La muerte de Eglón pertenece al marco de una guerra de liberación narrada desde la perspectiva de Israel. No legitima el asesinato de gobernantes, el terrorismo, la violencia religiosa ni la venganza personal. El cristiano debe juzgar la violencia a la luz del Evangelio, que ordena amar a los enemigos, perdonar y vencer el mal con el bien.3

La tradición católica reconoce que la autoridad pública puede tener que proteger a la sociedad y castigar delitos graves, pero la justicia no se identifica con una retribución matemática ni exige siempre la pena máxima. La pena debe respetar la dignidad humana y orientarse al bien común, la protección de los inocentes, la reparación posible y la conversión del culpable. La tradición católica también ha entendido la justicia retributiva como una respuesta limitada a la violencia, no como una exigencia de venganza ilimitada.12

En consecuencia, Ehud no puede convertirse en una figura de justificación para proyectos violentos contemporáneos. Su importancia para la fe cristiana reside en la historia de la liberación que anuncia, en la seriedad con que el libro de los Jueces presenta la esclavitud causada por el pecado y en la invitación a reconocer que toda liberación auténtica procede de Dios.

Conclusión

Ehud fue un juez de Israel, benjaminita e hijo de Guerá, suscitado por Dios para liberar al pueblo de dieciocho años de dominación moabita. Su acción contra Eglón y su posterior campaña en los vados del Jordán concluyeron con la derrota de Moab y un largo periodo de descanso para Israel.1

La Iglesia lee este episodio dentro del desarrollo progresivo de la revelación. La justicia del Antiguo Testamento limitaba la venganza y buscaba restaurar el orden de la alianza, mientras que Jesucristo llevó esa justicia a su plenitud mediante el perdón, el amor a los enemigos y la victoria sobre el pecado y la muerte.5

Desde la interpretación espiritual y patrística, la lucha de Ehud puede contemplarse como una imagen de la batalla contra el pecado y de la necesidad de permanecer vigilantes. La espada decisiva del cristiano no es un arma contra otros seres humanos, sino la fe, la Palabra de Dios, la oración, los sacramentos y la caridad, mediante los cuales Cristo libera al creyente de toda esclavitud interior.

Citas y referencias

  1. La Santa Biblia, The New Revised Standard Version, Catholic Edition (NRSV-CE). La Santa Biblia, Jueces 3:12-3:30 (1993). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15
  2. The New Revised Standard Version, Catholic Edition (NRSV-CE). La Santa Biblia, Jueces 3 (1993). 2 3 4
  3. B2. Criterios específicos - 2.2. Segundo criterio específico: Contraste - 2.3. Tercer criterio específico: Avance - B. Conflicto con los vecinos, Comisión Bíblica Pontificia. La Biblia y la moralidad: Raíces bíblicas de la conducta cristiana, 122 (2008). 2 3
  4. La justicia salvadora de Dios en el Antiguo Testamento, Daniel Philpott. Existe una amplitud en la justicia de Dios, 22 (2020).
  5. Fausto está dispuesto a admitir que Cristo pudo haber dicho que no vino a destruir la ley y los profetas, sino a cumplirlos; pero si lo hizo, fue para apaciguar a los judíos y en un sentido modificado. Agustín responde y elabora aún más la visión católica de la profecía y su cumplimiento, Agustín de Hipona. Contra Fausto, Libro 19, 25. 2
  6. La justicia salvadora de Dios en el Nuevo Testamento, Daniel Philpott. Existe una amplitud en la justicia de Dios, 25 (2020).
  7. Agustín de Hipona. Exposiciones sobre los Salmos - Salmo 60, 10.
  8. Parte tres - La vida de la Iglesia - II. La persona en Cristo como nueva creación - D. Combate espiritual en la vida del cristiano, Sínodo de la Iglesia Católica Greco-Ucraniana. Catecismo de la Iglesia Católica Ucraniana: Cristo - Nuestro Pascha, 785 (2016).
  9. El Padrenuestro - La sexta petición: «y no nos metas en tentación» - Importancia de la instrucción sobre esta petición, Papa Pío V. Catecismo del Concilio de Trento, El Padrenuestro - La sexta petición (1566).
  10. Romanos IV. 1, 2, Juan Crisóstomo. Homilía 8 sobre Romanos, Cap. IV. Ver. 21 (391). 2
  11. Capítulo V - Combate y vigilancia - Alerta y confiado, Papa Francisco. Gaudete et exsultate, 162 (2018).
  12. Christopher Kaczor. Pena capital y la tradición católica: ¿Contradicción, aplicación circunstancial o desarrollo de la doctrina? , 11 (2004).
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