La respuesta a los efraimitas
Los hombres de Efraín reprocharon a Gedeón no haberlos convocado desde el principio. Gedeón evitó la confrontación mediante una respuesta conciliadora: comparó las acciones posteriores de Efraín con la cosecha de Abiezer y afirmó que sus logros superaban los propios. La respuesta calmó la indignación de los efraimitas.
Este episodio muestra una faceta política de Gedeón. El juez no solo debe derrotar al enemigo exterior; también debe mantener unida a una confederación tribal vulnerable a rivalidades internas. Su prudencia verbal permitió continuar la persecución sin abrir una guerra entre israelitas.
Sucot y Penuel
Gedeón cruzó el Jordán con sus trescientos hombres, agotados y hambrientos, en persecución de los reyes madianitas Zébaj y Salmuná. Pidió alimento a los habitantes de Sucot y Penuel, pero ambas ciudades se negaron a ayudarlo mientras no tuviera a los reyes en sus manos.
Gedeón respondió con amenazas. Prometió castigar a los dirigentes de Sucot con espinos y zarzas y derribar la torre de Penuel. Tras capturar a los reyes, cumplió sus amenazas: maltrató a los dirigentes de Sucot, derribó la torre de Penuel y mató a los hombres de la ciudad.
Estos hechos introducen una notable ambivalencia. La negativa de Sucot y Penuel podía interpretarse como falta de solidaridad con la causa de Israel, pero la respuesta de Gedeón muestra una violencia severa contra sus propios compatriotas. El relato no convierte automáticamente sus acciones en modelo para la conducta cristiana. La narración bíblica conserva el dato y permite valorar críticamente la mezcla de celo, venganza y autoridad que aparece en el personaje.
La muerte de Zébaj y Salmuná
Gedeón interrogó a Zébaj y Salmuná sobre unos hombres muertos en Tabor. Los reyes madianitas reconocieron que aquellos hombres tenían apariencia de hijos de rey. Gedeón declaró que eran sus hermanos y ordenó inicialmente a su hijo Jéter que los matara. El muchacho no se atrevió a desenvainar la espada, por lo que Gedeón ejecutó personalmente a los dos reyes.
El episodio responde a la lógica de la venganza familiar y de la guerra tribal propia del mundo narrado. Desde una perspectiva cristiana, conviene distinguir entre describir la conducta de un personaje bíblico y aprobarla como norma moral. La Escritura presenta aquí a un libertador que, después de actuar bajo una misión divina, permite que la venganza personal influya en sus decisiones.