Los cuatro Evangelios narran la entrega, interrogatorio, condena y ejecución de Jesús con perspectivas propias. Mateo y Marcos conceden especial atención al interrogatorio ante el sumo sacerdote y el consejo; Juan desarrolla ampliamente el diálogo entre Jesús y Pilato. La tradición cristiana contempla estos relatos de manera complementaria, sin reducirlos a la transcripción de un único procedimiento judicial moderno.
Tras su arresto, Jesús fue conducido a la casa del sumo sacerdote. Mateo sitúa allí la reunión de los sumos sacerdotes, escribas y ancianos, que buscaban testimonios contra él para darle muerte. Los testigos no coincidían en sus acusaciones, hasta que algunos relacionaron sus palabras con el templo. Ante la pregunta solemne del sumo sacerdote sobre su identidad mesiánica, Jesús respondió aplicándose las imágenes del Hijo del hombre entronizado y venidero. El consejo juzgó que merecía la muerte y, a continuación, los presentes lo escupieron, golpearon y ridiculizaron.1
Marcos ofrece una escena semejante. El sumo sacerdote preguntó a Jesús si era el Mesías, el Hijo del Bendito. Jesús respondió afirmativamente y anunció que sus acusadores verían al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y viniendo entre las nubes. El sumo sacerdote interpretó la respuesta como blasfemia y el consejo pronunció la condena.2
Durante el desarrollo de estos acontecimientos, Pedro negó tres veces conocer a Jesús. El canto del gallo hizo que recordara el anuncio del Maestro y rompiera a llorar. La inclusión de las negaciones de Pedro contrapone la fidelidad de Jesús ante sus jueces con la debilidad de su principal discípulo, que después recibiría el perdón y la misión pastoral.2,1

