La justicia, como virtud moral, consiste en la voluntad constante y firme de dar a Dios y al prójimo lo que les corresponde. La doctrina social católica considera la justicia un criterio decisivo para valorar la moralidad de las relaciones interpersonales, sociales, políticas y económicas.1
La justicia conmutativa ordena las relaciones entre sujetos que poseen derechos y deberes recíprocos. Su finalidad consiste en mantener o restablecer una igualdad objetiva entre lo que una persona debe entregar y lo que otra tiene derecho a recibir. Por ello, exige respetar la propiedad, devolver lo prestado, pagar las deudas y cumplir las obligaciones libremente contraídas.2
El término conmutativa procede de la idea de intercambio. La palabra no se refiere solo a compraventas comerciales: también abarca toda relación en la que una persona debe algo determinado a otra por contrato, préstamo, daño causado, apropiación indebida u otro título legítimo.
La justicia conmutativa posee un carácter estricto. Quien debe una cantidad concreta, un bien determinado o una prestación pactada no satisface plenamente la justicia ofreciendo algo arbitrariamente distinto. La exigencia ordinaria consiste en entregar aquello que corresponde o, cuando no resulte posible, su equivalente justo.3
