El episodio ocurre en Nazaret, una localidad de Galilea. Dios envía al arcángel Gabriel a una virgen prometida en matrimonio a José, descendiente de David. El evangelista identifica a la joven con el nombre de María.1
Gabriel la saluda con estas palabras: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». María queda turbada y reflexiona sobre el significado del saludo. El ángel la tranquiliza y le anuncia que ha encontrado gracia ante Dios: concebirá un hijo, lo llamará Jesús y recibirá la dignidad de madre del «Hijo del Altísimo». El niño heredará el trono de David, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin.1
María pregunta cómo podrá cumplirse el anuncio, puesto que no conoce varón. La pregunta no expresa incredulidad, sino la búsqueda del modo concreto en que Dios realizará su promesa. Gabriel responde que el Espíritu Santo vendrá sobre ella y que el poder del Altísimo la cubrirá con su sombra. Por eso, el niño será santo y será llamado Hijo de Dios.1,3
Como confirmación de la omnipotencia divina, Gabriel comunica también a María que su pariente Isabel, a pesar de su ancianidad, ha concebido un hijo y está en el sexto mes de embarazo. El anuncio concluye con una afirmación decisiva: «Nada hay imposible para Dios». María responde entonces: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Después, el ángel se retira.1



