La ascensión de Jesús se describe en varios pasajes del Nuevo Testamento, principalmente en los escritos de San Lucas y San Marcos. Estos relatos no pretenden ofrecer un informe cronológico preciso, sino transmitir el sentido espiritual del evento, que ocurre cuarenta días después de la resurrección, según la tradición litúrgica. Los textos enfatizan la transición de la presencia visible de Jesús a su presencia gloriosa y universal en la Iglesia.
En el Evangelio de Lucas
El Evangelio según San Lucas presenta la ascensión como el cierre solemne de la vida pública de Jesús. En el capítulo 24, versículos 50-53, se narra que Jesús condujo a los discípulos hasta Betania, levantó las manos para bendecirlos y, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo.1 Este momento se produce inmediatamente después de que Jesús abriera las mentes de los apóstoles para comprender las Escrituras y les encomendara proclamar el arrepentimiento y el perdón de los pecados en su nombre a todas las naciones, comenzando por Jerusalén.1
Los discípulos, al presenciarlo, lo adoraron y regresaron a Jerusalén con gran alegría, permaneciendo en el Templo bendiciendo a Dios. Este pasaje subraya la continuidad entre la misión de Jesús y la de sus seguidores, transformando el posible sentimiento de pérdida en una fuente de gozo y adoración. San Lucas, al sintetizar los eventos finales, integra la ascensión en el marco de la salvación, donde Jesús cumple las profecías del Antiguo Testamento sobre el Mesías sufriente y resucitado.1
En los Hechos de los Apóstoles
El libro de los Hechos, también escrito por San Lucas, ofrece una descripción más detallada y teológica de la ascensión, situada en el monte de los Olivos, cerca de Jerusalén.2 En el capítulo 1, versículos 1-11, se relata que Jesús, después de su pasión, se presentó vivo a los apóstoles con muchas pruebas durante cuarenta días, hablando del Reino de Dios.2 Les ordenó no alejarse de Jerusalén hasta recibir la promesa del Padre: el bautismo en el Espíritu Santo.2
Mientras los discípulos preguntaban si era el momento de restaurar el reino de Israel, Jesús les respondió que no les correspondía conocer los tiempos establecidos por el Padre, pero que recibirían poder del Espíritu Santo para ser sus testigos en Jerusalén, Judea, Samaria y hasta los confines de la tierra.2 Entonces, mientras hablaban, Jesús fue elevado en presencia de ellos, y una nube lo ocultó de su vista.2 Dos hombres vestidos de blanco (ángeles) les dijeron: «Hombres de Galilea, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este Jesús que os ha sido llevado al cielo vendrá de la misma manera que le habéis visto irse al cielo».2
Esta narración resalta elementos simbólicos como la nube, que evoca la presencia divina en el Antiguo Testamento (por ejemplo, en el Sinaí), y marca la transición del tiempo de Jesús al tiempo de la Iglesia.3
En el Evangelio de Marcos
El Evangelio de Marcos ofrece una mención más concisa en su capítulo 16, versículo 19: «El Señor Jesús, después de haberles hablado, fue elevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios».4 Este pasaje se inserta tras la gran comisión misionera, donde Jesús envía a los once a proclamar el Evangelio a toda la creación, prometiendo salvación a quien crea y sea bautizado.4
Aunque el final del Evangelio de Marcos es debatido por algunos eruditos (posible adición posterior), la Iglesia lo acoge como canónico y enfatiza su mensaje: la ascensión confirma la autoridad de Jesús y el poder de los signos que acompañarán a los creyentes, como expulsar demonios y sanar enfermos en su nombre.4 Así, Marcos presenta la ascensión como la culminación de la obra redentora, con Jesús entronizado en la gloria divina.

