El Apocalipsis presenta dos bestias en el capítulo 13. La primera asciende del mar y recibe del dragón -identificado en el libro con Satanás- poder y autoridad. La segunda surge de la tierra y actúa al servicio de la primera: realiza signos, promueve su adoración y persuade a los habitantes de la tierra para que veneren su imagen. En otros pasajes, esta segunda figura recibe el nombre de falso profeta, especialmente en Apocalipsis 16,13; 19,20 y 20,10.
La primera bestia concentra el poder político que exige una lealtad absoluta. La segunda representa la capacidad de engañar y de presentar ese poder como legítimo o digno de adoración. El Compendio de la doctrina social de la Iglesia describe a la bestia como imagen de la autoridad imperial perseguidora que se arroga una condición divina, y al falso profeta como su servidor, que induce a la gente a adorarla mediante signos engañosos.1
Las dos figuras no actúan de manera independiente del dragón: el Apocalipsis las integra en una visión del mal que imita, corrompe y combate la obra de Dios. Frente a ellas aparece el Cordero, figura de Cristo, cuya victoria no depende de la violencia ni de la propaganda, sino de su fidelidad hasta la muerte y de la vindicación divina.

