La New Age, un fenómeno cultural y espiritual surgido en el siglo XX, ha sido objeto de una firme reprobación por parte de la Iglesia Católica debido a su incompatibilidad con los fundamentos de la fe cristiana. Este movimiento, que mezcla elementos de diversas tradiciones orientales, esoterismo occidental y psicología moderna, se presenta como una alternativa a la religiosidad tradicional, pero el Magisterio lo califica como una amenaza para la pureza doctrinal.2 Por otro lado, el término sectas orientales alude a grupos derivados o inspirados en espiritualidades asiáticas que, en algunos casos, derivan hacia prácticas condenadas por la Iglesia, como la adivinación o el sincretismo heterodoxo. Sin embargo, la posición católica es matizada: mientras rechaza lo contrario a la Revelación, reconoce «semillas del Verbo» en las religiones no cristianas genuinas.8,4
Este artículo examina la condena eclesial, sus fundamentos teológicos y la distinción con el diálogo interreligioso, basándose en documentos oficiales del Catecismo y del Magisterio pontificio.
