La fe cristiana no consiste solo en aceptar unas verdades ni en participar en numerosas iniciativas. La fe transforma interiormente a la persona y la une a Cristo. Desde esa unión nacen la oración, la conversión, la caridad y el apostolado.
El activismo religioso aparece cuando la persona identifica su fidelidad con la cantidad de actividades que realiza: reuniones, campañas, proyectos, publicaciones, movilizaciones o intervenciones públicas. La acción puede conservar una apariencia cristiana y, sin embargo, perder su orientación sobrenatural.
La disipación designa aquí la dispersión de las fuerzas interiores. La inteligencia se fragmenta entre muchos asuntos, la voluntad pierde unidad y el corazón deja de buscar a Dios como fin último. La persona permanece ocupada, pero ya no vive necesariamente de la fe. La abundancia de tareas puede ocultar una pobreza creciente de oración, silencio, discernimiento y conversión.
El problema no reside en la actividad como tal. La Iglesia necesita apostolado, obras de misericordia, formación, defensa de la dignidad humana y presencia pública. El problema surge cuando la actividad sustituye a la vida interior o pretende producir por medios humanos frutos que solo la gracia puede dar.

