La fe como don sobrenatural
En la tradición católica, la fe no es un mero sentimiento o convicción humana, sino un don sobrenatural concedido por Dios mediante el Espíritu Santo. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, para creer es preciso el auxilio interior del Espíritu Santo, que ilumina la inteligencia y mueve la voluntad.3 Santo Tomás de Aquino, en sus Disputed Questions on Truth, explica que la fe explícita en la existencia de Dios y su providencia es obligatoria para todos, pero su plenitud requiere una adhesión a las verdades reveladas propuestas por la Iglesia.1
La disipación ocurre cuando el activismo —entendido como la dedicación prioritaria a causas terrenas— desplaza esta fe sobrenatural. En lugar de ser un habitus estable que arraiga la vida eterna en el alma, la fe se reduce a un impulso activista, perdiendo su carácter teocéntrico.4
El activismo como riesgo espiritual
El activismo, en su forma desordenada, se asemeja a una «ilusión de autosuficiencia» donde el hombre confía en sus obras más que en la gracia. El Concilio Vaticano I, en Dei Filius, afirma que sin la iluminación del Espíritu Santo, nadie puede asentir al Evangelio de modo salvífico, pues la fe no es un «movimiento ciego del ánimo», pero exige obediencia libre a Dios.2 Así, un activismo desconectado de esta obediencia genera una fe «operante por la caridad» aparente, pero estéril espiritualmente.5
