El relato evangélico sitúa la aparición de la estrella en el contexto de la infancia de Jesús. Los Magos, procedentes de Oriente, llegan a Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarlo» (Mt 2,2). Herodes el Grande, perturbado, consulta a los sumos sacerdotes y escribas, quienes citan la profecía de Miqueas: «Y tú, Belén Efrata, pequeña entre los clanes de Judá, de ti me saldrá el que ha de ser gobernante en Israel» (Mi 5,1). Tras salir de Jerusalén, la estrella reaparece: «La estrella que habían visto en Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño» (Mt 2,9). Al verla, los Magos experimentan una gran alegría y entran en la casa para adorar al Niño con regalos de oro, incienso y mirra (Mt 2,10-11).1,2
Este episodio marca la primera manifestación de Jesús a los gentiles, contrastando con la incredulidad de los judíos y la malicia de Herodes. La estrella actúa como guía divina, ocultándose en Jerusalén —donde reina el mal— y reanudando su curso hacia Belén, simbolizando la preferencia de Dios por los humildes.

