La imagen no es un dios
Otra causa frecuente de la acusación de idolatría procede del uso católico de imágenes. La Iglesia emplea crucifijos, iconos, esculturas, pinturas y representaciones de los santos. Sin embargo, no atribuye divinidad a la madera, el yeso, la piedra, el metal o la pintura.
La imagen cumple una función representativa y pedagógica. Ayuda a recordar a Cristo, a la Virgen o a un santo, y dirige la atención hacia la persona representada. La veneración de una imagen no termina en el objeto material, sino en su prototipo, es decir, en la persona que la imagen representa.
Un retrato familiar permite comprender esta lógica. Nadie confunde normalmente una fotografía con la persona fotografiada. Quien besa la imagen de un ser querido no pretende besar un trozo de papel como si poseyera la identidad de la persona. El gesto expresa amor hacia quien aparece representado. La imagen religiosa funciona de modo análogo, aunque dentro de una finalidad espiritual y litúrgica.
La enseñanza del Concilio de Trento
El Concilio de Trento ordenó conservar en las iglesias las imágenes de Cristo, de la Virgen y de los santos, y concederles el honor debido. Al mismo tiempo, rechazó la idea de que las imágenes contengan una divinidad o un poder propio que permita adorarlas o depositar en ellas una confianza semejante a la confianza pagana en los ídolos.
Esta doctrina excluye dos errores opuestos:
- La iconoclasia, que rechaza toda imagen religiosa como si su uso implicara necesariamente idolatría.
- La superstición, que atribuye al objeto material poderes mágicos o independientes de Dios.
La Iglesia acepta la veneración de imágenes, pero condena cualquier práctica que trate una imagen como un objeto mágico.
Reliquias
Las reliquias son restos corporales de los santos o objetos relacionados con ellos. La Iglesia las honra como signos de la acción de Dios en la vida de una persona y como memoria de su testimonio cristiano.
Una reliquia no posee divinidad. Tampoco actúa como un talismán. El valor religioso de una reliquia depende de su relación con un santo y, en último término, con Dios, fuente de toda santidad. La veneración de las reliquias pretende fortalecer la fe, recordar la esperanza de la resurrección y estimular la imitación de las virtudes cristianas.