La latría: adoración exclusiva de Dios
La latría es la adoración suprema. Corresponde únicamente a Dios, porque solo Dios es el Creador, el Señor absoluto y el fin último de toda criatura. El culto eucarístico, la adoración de la Santísima Trinidad y la adoración de Jesucristo pertenecen a este ámbito.,
Santo Tomás de Aquino sostiene que la latría no corresponde a ninguna criatura considerada en sí misma. Aunque una criatura racional pueda recibir honor, ninguna criatura puede recibir el culto propio de Dios. Por ello, la Virgen María no recibe latría por ser criatura, sino dulía en un grado eminente.
La diferencia entre latría y dulía no es meramente cuantitativa, como si ambas fueran el mismo culto con distinta intensidad. La teología católica las considera distintas por naturaleza: la primera reconoce la divinidad y el dominio supremo de Dios; la segunda honra a criaturas que reciben su dignidad de Dios y permanecen subordinadas a Él.
La dulía: veneración de los santos
La dulía es el honor religioso tributado a los santos, a los ángeles y a quienes participan de la gloria celestial. La Iglesia no venera a los santos como dioses ni les atribuye una autoridad independiente. Los honra como servidores y amigos de Dios, transformados por la gracia y unidos a Cristo.,
La veneración de los santos posee un fundamento cristológico: la santidad manifiesta la obra de la gracia divina. Honrar a un santo significa reconocer la acción de Dios en esa persona y agradecer los frutos de su fidelidad. La gloria del santo no compite con la gloria de Dios, del mismo modo que la belleza de una obra de arte no compite con la excelencia de su autor.
La Iglesia también enseña que los santos glorificados interceden ante Dios por los fieles. Invocarlos significa pedir su intercesión, no atribuirles el poder creador o salvador propio de Dios. La petición cristiana dirigida a un santo equivale, en su sentido teológico, a solicitar que rece ante Dios por una necesidad.
La hiperdulía: veneración singular de María
La Virgen María recibe una veneración superior a la de los demás santos, llamada hiperdulía. Esta distinción reconoce su condición de Madre de Dios y su lugar singular en la historia de la salvación, pero no la convierte en una divinidad.,,
María permanece enteramente subordinada a Cristo. Su misión maternal y su intercesión no proceden de un poder autónomo, sino de la gracia recibida de Dios por medio de su Hijo. Toda influencia salvadora atribuida a María depende de la mediación única de Jesucristo y conduce hacia Él.
La propia escena de Caná expresa esta orientación cristocéntrica. María dirige a los servidores hacia Jesús: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). La verdadera devoción mariana, por tanto, no sustituye a Cristo ni aparta de Él; conduce a la obediencia de la fe en Cristo.