El nacionalsocialismo combinó un nacionalismo extremo, el culto al Estado, el racismo biológico, el antisemitismo y la subordinación de la persona a la comunidad racial. Su concepción de la historia negaba la unidad de la humanidad y presentaba a los pueblos como jerarquizados según supuestas características raciales. El régimen nazi convirtió esas ideas en una política de discriminación, exclusión, persecución y exterminio.1
La doctrina católica chocaba frontalmente con ese planteamiento por varias razones:
- La dignidad humana no depende de la raza, la nacionalidad ni la utilidad social.
- La autoridad política posee límites morales.
- La familia tiene derechos propios frente al Estado.
- La educación de los hijos no pertenece exclusivamente al poder político.
- La Iglesia conserva una misión espiritual que ningún régimen puede absorber.
El nazismo pretendía controlar a las nuevas generaciones desde la infancia hasta la edad adulta. Pío XI consideró incompatible esa pretensión con la doctrina católica y con los derechos naturales de la familia. También rechazó que la Iglesia quedara reducida al culto, mientras el Estado monopolizaba la educación y la formación moral.2



