La reflexión de la Iglesia sobre el capitalismo surge en el contexto de la Revolución Industrial del siglo XIX, marcada por el auge de la economía de mercado, la urbanización masiva y las duras condiciones laborales. La Iglesia, consciente de los conflictos entre capital y trabajo, interviene para defender los derechos de los obreros sin caer en ideologías extremas. León XIII, en Rerum Novarum, aborda las «cosas nuevas» (rerum novarum) que agitaban la sociedad: el progreso industrial, la riqueza de unos pocos frente a la pobreza de muchos y el declive moral.4,5
Esta encíclica marca el nacimiento oficial de la Doctrina Social de la Iglesia, respondiendo a la «cuestión obrera» con principios eternos derivados del Evangelio. La Iglesia no condena el sistema capitalista en sí, sino sus desviaciones que convierten al hombre en mero engranaje productivo.6
