El feminismo moderno surge en los siglos XIX y XX como movimiento social y político que busca la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, combatiendo discriminaciones históricas en ámbitos como el voto, el trabajo y la educación. Sin embargo, la Iglesia Católica distingue entre sus diversas corrientes: un feminismo liberal que defiende derechos civiles y otro radical o secular que cuestiona la antropología cristiana, promoviendo la identidad de género como construcción social y negando diferencias naturales entre sexos.4
Desde la perspectiva católica, el feminismo contemporáneo a menudo se infiltra en la vida eclesial a través de centros de espiritualidad y retiros, donde se mezclan prácticas no cristianas con la fe. Por ejemplo, programas influenciados por el feminismo secular incluyen la «espiritualidad de la diosa», el uso exclusivo de imágenes femeninas para Dios (como «Sophia» o «Lady Wisdom») y liturgias alternativas promovidas por grupos como «Womenchurch». Estas tendencias rechazan el lenguaje patriarcal bíblico, evitando términos como «Padre» para Dios, lo que altera la estructura trinitaria de la oración cristiana.1,5
San Juan Pablo II, en encuentros con obispos estadounidenses, advirtió contra un feminismo que polariza ideológicamente y socava la fe, fomentando incluso formas de culto pagano o celebraciones de mitos en lugar de la adoración al Dios revelado en Cristo.6
