El liberalismo surgió en el contexto de las revoluciones americana y francesa, promoviendo ideas como la soberanía popular absoluta, la separación Iglesia-Estado y la libertad individual ilimitada en materia religiosa y moral. Para la Iglesia, estos principios representaban una amenaza directa a la verdad revelada y al orden social fundado en Dios.2
Condena de Gregorio XVI: Mirari Vos (1832)
Gregorio XVI, en su encíclica Mirari Vos, denunció con vehemencia el «liberalismo» como una «insensatez» que defendía la libertad de conciencia y culto como derecho natural, permitiendo la difusión pública de errores contra la fe. El Papa argumentó que tal libertad no era sino «libertad de perdición», ya que ignoraba la obligación moral de adherirse a la verdad católica.2,3,6
«Ni podemos esperar resultados más felices ni para la religión ni para el gobierno civil de los deseos de quienes pretenden que la Iglesia se separe del Estado, y que se rompa la mutua concordia entre el poder civil y el eclesiástico».3
Esta condena se dirigía contra pensadores como Lamennais, que buscaban aliar la fe con el liberalismo político.1
Pío IX y el Syllabus Errorum (1864)
Pío IX intensificó la oposición mediante la encíclica Quanta Cura y el adjunto Syllabus de los errores, que listaba 80 proposiciones erróneas derivadas del liberalismo. Entre ellas, se rechazaba que la sociedad civil deba regirse «sin tener en cuenta la religión, como si no existiera» o que la mejor condición social sea aquella donde el Estado no reprima a los católicos infractores salvo por paz pública.2,6
El Syllabus equiparaba el liberalismo con el naturalismo racionalista, al proclamar la autonomía total del hombre en lo intelectual, moral y social, negando prácticamente a Dios.2 Esta postura reflejaba la pérdida de influencia eclesial en Europa tras las revoluciones de 1848 y la unificación italiana.1
