El relativismo moderno no surge de la nada, sino que representa la culminación de procesos históricos que han erosionado la concepción cristiana de la verdad. En el siglo XIX, el modernismo —condenado por san Pío X— sentó sus bases al promover una fe subjetiva y evolutiva, desvinculada de la doctrina perenne.1 Este movimiento, interrumpido temporalmente por las guerras mundiales, resurgió en formas posmodernas, caracterizadas por la incredulidad en el progreso absoluto y la absolutización de la técnica.
Influencia de la Ilustración y el positivismo
La Ilustración y la Revolución Francesa inauguraron una era de racionalidad autónoma, donde la tradición cristiana fue relegada en favor de un racionalismo que absolutizaba la ciencia y negaba verdades trascendentes. Joseph Ratzinger, futuro Benedicto XVI, comparó esta etapa con el «rococó» cultural alemán, un período de preferencia sistemática por la razón instrumental sobre la herencia patrística.2 El positivismo posterior prometió un «reino mesiánico» terrenal mediante el avance técnico, pero resultó en una humanidad deshumanizada, ciega a las preguntas últimas sobre el sentido de la vida.3
En el posmodernismo, el relativismo se formula como escepticismo radical: la experiencia del error sensorial lleva a dudar de toda certeza, reduciendo la verdad a opiniones subjetivas o apariencias.4 Este enfoque invierte la relación entre mente y realidad, haciendo del sujeto humano la medida de todo, en un eco del racionalismo moderno.
