El relativismo sostiene, en sus formas más habituales, que la verdad, el bien y la justicia dependen del sujeto, de la cultura, de la época histórica o del consenso social. Esta posición no equivale simplemente a reconocer que las personas pueden equivocarse o que existen distintas perspectivas legítimas. El relativismo afirma, en sentido más radical, que carece de fundamento una verdad común capaz de juzgar esas perspectivas.
La encíclica Fides et ratio distingue entre una pluralidad legítima de opiniones y un pluralismo indiferenciado que considera igualmente válidas todas las posiciones, incluso cuando resultan contradictorias. Esta actitud reduce progresivamente la verdad a opinión y abandona las preguntas fundamentales sobre el ser humano, Dios y el sentido de la existencia.1
El relativismo puede adoptar diversas formas:
- Relativismo individualista, que convierte a cada persona en fuente última de sus propios valores.
- Relativismo cultural, que identifica la verdad con las costumbres de una sociedad determinada.
- Relativismo ideológico, que somete la verdad a la visión del grupo con mayor influencia política o cultural.
- Relativismo moral, que niega bienes y normas válidos para todos.
- Relativismo religioso, que considera equivalentes todas las religiones y rechaza que alguna pueda poseer una verdad universal.
- Relativismo jurídico, que entiende la justicia como simple resultado de la voluntad del legislador o de la mayoría.
Aunque estas formas presentan diferencias, todas comparten una desconfianza profunda hacia la capacidad de la razón para conocer la realidad y distinguir el bien del mal.
