La Iglesia Católica ha enfrentado el socialismo y el comunismo desde sus orígenes modernos, surgidos en el siglo XIX como respuestas a las injusticias de la Revolución Industrial. Ideologías como el marxismo, con su rechazo a la religión como «opio del pueblo», plantearon un desafío directo a la fe cristiana, al priorizar la lucha de clases y la abolición de la propiedad privada sobre la dignidad inherente de la persona humana creada a imagen de Dios.
La Doctrina Social de la Iglesia nace precisamente para contrarrestar estas corrientes. En el contexto de tensiones obreras y explotación laboral, los pontífices identificaron en el socialismo una amenaza no solo económica, sino espiritual, al negar el rol de Dios en la sociedad y promover un estado totalitario que absorbe todas las libertades individuales.2 Pío XI, en Quadragesimo Anno, conmemora los cuarenta años de Rerum Novarum y extiende su juicio al régimen económico contemporáneo, pasando sentencia sobre el socialismo como causa raíz de la confusión social.3
Esta tradición se remonta a los viajes y observaciones de los papas, como Pablo VI en Populorum Progressio, quien, tras visitar América Latina y África, denuncia las desigualdades pero rechaza soluciones colectivistas que ignoran la iniciativa personal.4
