La justicia se presenta en la tradición católica como una virtud cardinal que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo su debido. Esta definición, arraigada en el Catecismo de la Iglesia Católica, subraya su dimensión tanto subjetiva —un acto de la voluntad que reconoce al otro como persona— como objetiva, que sirve de criterio moral en las relaciones interpersonales y sociales.3,2
Desde una perspectiva teológica, la justicia hacia Dios se denomina virtud de religión, mientras que hacia los hombres fomenta el respeto a los derechos ajenos y la armonía en pro del bien común. El justo, según las Escrituras, se caracteriza por un recto juicio y conducta habitual: «No haréis acepción de personas ni del pobre ni del poderoso, sino que juzgaréis a vuestro prójimo con justicia» (Lv 19,15).2 Cristo, como fin de la ley, imparte la verdadera justicia divina, que trasciende la mera equidad humana.4
En la vida social, la justicia no es abstracta: se realiza en el intercambio equitativo de bienes y en la distribución proporcional según contribuciones y necesidades, asegurando acceso universal a servicios básicos como seguridad social o sanidad.5
