La celebración litúrgica de la Navidad tiene raíces en la tradición romana antigua, fijada el 25 de diciembre para coincidir con fiestas paganas como el Natalis Solis Invicti, pero reorientada hacia la verdadera luz de Cristo. Desde los primeros siglos, la Iglesia de Roma estableció la solemnidad del Nacimiento del Señor, con tres Misas diferenciadas: de noche, de aurora y del día, a las que se añadió la Vigilia tras el Concilio Vaticano II.2 Esta estructura refleja la progresiva manifestación de Cristo: de la humildad nocturna a la gloria diurna.
En Oriente, tradiciones como la de la Iglesia greco-católica ucraniana enfatizan la víspera santa (Sviat vechir), con la mesa como pesebre simbólico, paja bajo el mantel, prosphora (pan eucarístico) y vela representando la estrella de Belén, culminando en la Liturgia divina.4 Documentos como el Menaion eslavo subrayan la hospitalidad y los cánticos navideños como preparación eucarística.4
El Papa Pablo VI, en las Normas universales sobre el Año litúrgico, codificó estas prácticas, asegurando que la Navidad forme un octava propia que integra fiestas como la Sagrada Familia, San Esteban, San Juan y los Santos Inocentes.5
