El matrimonio católico es un sacramento instituido por Cristo que eleva la unión natural entre hombre y mujer a un signo de la alianza entre Cristo y la Iglesia. En este contexto, la mujer casada participa plenamente en la gracia sacramental, compartiendo con su esposo la misión de transmitirse mutuamente en un amor total, exclusivo y fecundo.1,2
Fundamento bíblico
La Sagrada Escritura establece el marco para el rol de la mujer casada. San Pablo, en su Epístola a los Efesios, describe la relación conyugal como un misterio grande: «El marido es cabeza de la mujer, como Cristo cabeza de la Iglesia».3,4 Esta cabeza no implica dominación tiránica, sino un servicio amoroso, similar al de Cristo, quien se entrega por su Esposa.5,6
Asimismo, el Génesis subraya la unidad originaria: «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne».7 La mujer, creada de la costilla del varón, es su igual en dignidad, pero llamada a una complementariedad ordenada por Dios.
Enseñanzas del Magisterio
Los pontífices han desarrollado esta doctrina con claridad. Pío XI en Casti connubii afirma que en la familia debe florecer el «orden del amor», que incluye la primacía del esposo y la «pronta y no reacia sujeción y obediencia de la esposa».4,8 León XIII, en Arcanum divinae, precisa que la mujer debe obedecer al marido «no como una sierva, sino como compañera, de modo que no falte honor ni dignidad en su obediencia».3,9
El Catecismo de la Iglesia Católica reafirma esta visión, destacando el amor sacrificial del esposo como modelo, mientras la esposa responde con una entrega confiada.5
