La mujer casada católica es, ante todo, una persona creada a imagen y semejanza de Dios, redimida por Jesucristo y llamada a la santidad. El matrimonio no disminuye su dignidad ni la coloca en una posición de subordinación personal frente a su esposo. Ambos cónyuges poseen la misma dignidad fundamental y reciben una vocación común al amor, a la fidelidad y al servicio.
La doctrina católica entiende el matrimonio como una alianza entre un hombre y una mujer que constituye una comunidad de toda la vida, ordenada al bien de los esposos y a la procreación y educación de los hijos. Entre bautizados, Cristo elevó esta alianza a la dignidad de sacramento.1
La mujer casada no recibe su valor del estado civil, de la maternidad, de la profesión ni del reconocimiento social. Su valor procede de su condición de persona humana y de hija de Dios. El matrimonio configura su existencia de un modo particular, pero no agota su identidad.


