El capítulo 12 abre con un «gran portento» en el cielo: una Mujer «vestida con el sol», con la luna bajo los pies y una corona de doce estrellas. El relato insiste en su condición dramática: la Mujer está encinta, «clama» con dolores de parto y atraviesa la agonía del nacimiento.1
Aparece entonces un segundo portento: un dragón rojo, descrito con detalle simbólico (siete cabezas, diez cuernos y diademas sobre las cabezas). Su acción caracteriza el conflicto: el dragón intenta devorar al hijo en el mismo instante de su nacimiento y, al perder esa oportunidad, concentra su furia contra la Mujer y contra «el resto de sus descendientes».1
La Mujer da a luz un hijo varón: ese niño está destinado a «gobernar a todas las naciones con vara de hierro». Sin embargo, el texto subraya que ese Hijo no permanece bajo la amenaza del dragón: el relato lo presenta arrebatado a Dios y a su trono. La narración concluye el primer gran arco describiendo la fuga de la Mujer al desierto y su protección durante un tiempo preciso.1
Después el capítulo introduce una guerra decisiva: Miguel y sus ángeles combaten contra el dragón; el resultado culmina con la expulsión del dragón del cielo. La voz celestial celebra el cambio definitivo del horizonte: la salvación, el poder y el reino pertenecen a Dios y a su Mesías, mientras el dragón queda identificado explícitamente como «la serpiente antigua... el Diablo y Satanás».1
A partir de ese momento, el dragón persigue con mayor rabia. La Mujer recibe «dos alas de águila grande» para huir al desierto y ser alimentada por Dios durante el tiempo señalado, mientras el dragón intenta arrastrarla mediante un «río» vomitado desde su boca. La tierra interviene en favor de la Mujer al «abrir su boca» y absorber ese intento de destrucción.1
Finalmente, el capítulo cierra el arco con el desplazamiento de la persecución: el dragón pasa de la Mujer a «combatir» al resto de sus hijos, definidos como los que guardan los mandamientos de Dios y conservan el testimonio de Jesús.1

