La expresión mujer soltera católica reúne situaciones personales diversas. Algunas mujeres esperan contraer matrimonio; otras han descartado esa posibilidad; otras permanecen solteras por circunstancias familiares, profesionales, económicas o afectivas. También existen mujeres que han enviudado y han decidido no volver a casarse, así como mujeres que han recibido una llamada específica a la virginidad consagrada o a otra forma de vida consagrada.
La soltería, por tanto, no constituye una realidad uniforme. No todas las mujeres solteras han elegido deliberadamente permanecer sin matrimonio ni todas perciben su situación como una vocación específica. La experiencia cristiana puede desarrollarse, sin embargo, en las circunstancias concretas de cada persona: trabajo, familia, amistades, parroquia, voluntariado y servicio a la sociedad. La vida presente ofrece el ámbito ordinario en el que cada bautizada está llamada a amar y actuar cristianamente.1
La Iglesia no considera a la mujer soltera una cristiana de categoría secundaria ni una persona incompleta. Toda mujer bautizada posee la misma dignidad fundamental ante Dios y recibe la llamada universal a la santidad. Esa llamada constituye la vocación primera de todos los miembros de la Iglesia y consiste en alcanzar la perfección de la caridad.2


