La palabra Mesías procede de un término hebreo que significa «ungido»; su equivalente griego es Cristo. En la tradición de Israel, la esperanza mesiánica adoptó distintas formas: aguardaba un rey justo, un descendiente de David y un gobernante que trajera paz y salvación. Los profetas expresaron esa esperanza junto con otros temas, como la justicia, la fidelidad a Dios y la restauración del pueblo. La lectura cristiana reconoce en Jesucristo la plenitud de esa esperanza, sin reducir el mensaje profético a una colección de anuncios sobre el futuro.2
Para los cristianos, la Navidad celebra el misterio de la Encarnación: el Hijo de Dios asumió la naturaleza humana y nació de María. La fe cristiana entiende que las palabras antiguas sobre el Mesías adquieren en Jesús un sentido pleno, que el Nuevo Testamento reconoce y desarrolla. Esa relación conserva una continuidad con las Escrituras de Israel y, a la vez, manifiesta una comprensión nueva a la luz de Cristo.1,2




