Los Evangelios de Mateo y Lucas narran el nacimiento de Jesús, pero no ofrecen una fecha explícita para situarlo en el calendario. Por este motivo, las primeras comunidades cristianas no mantuvieron desde el principio una celebración universal del 25 de diciembre. La fijación de esta fecha fue fruto de un desarrollo litúrgico y teológico progresivo, distinto según las regiones.
Durante los primeros siglos, la Iglesia concedió una importancia particular a la Pascua. La muerte y la resurrección de Cristo constituían el centro del año litúrgico. El nacimiento del Señor adquirió una celebración propia más tarde, cuando la reflexión cristiana sobre la encarnación alcanzó una forma litúrgica diferenciada.
La tradición romana celebraba ya la Navidad el 25 de diciembre en el siglo IV. El antiguo calendario romano conocido como Depositio Martyrum, cuya redacción fundamental pertenece al año 336, inicia su relación con la noticia: «Cristo nació en Belén de Judea». Este testimonio muestra que, en Roma, el nacimiento de Cristo ocupaba el primer lugar del calendario litúrgico anual.1
La aparición de una fiesta propia no implicó uniformidad inmediata. Algunas Iglesias orientales mantuvieron durante más tiempo una celebración conjunta del nacimiento y de la manifestación de Cristo el 6 de enero. Jerusalén, por ejemplo, conservaba todavía a finales del siglo IV una celebración de la Natividad vinculada a la Epifanía.2,3



