La oración del Rey Manasés

La oración del Rey Manasés es un texto penitencial apócrifo atribuido al rey de Judá Manasés, mencionado en la Biblia en 2 Crónicas 33. Se trata de una súplica de arrepentimiento pronunciada durante su cautiverio en Babilonia, que destaca por su profunda humildad y confianza en la misericordia divina. Aunque no forma parte del canon bíblico católico, ha sido transmitida en manuscritos de la Septuaginta, las Constituciones Apostólicas y ediciones antiguas de la Vulgata, ejerciendo influencia en la tradición litúrgica y devocional cristiana. Este artículo explora su contexto histórico, contenido, transmisión textual y estatus eclesial, subrayando su valor espiritual como ejemplo de conversión.1,2,3
Tabla de contenido
Contexto histórico y bíblico
El reinado pecaminoso de Manasés
Manasés, hijo de Ezequías, fue rey de Judá durante cincuenta y cinco años, desde aproximadamente el 687 a. C. hasta el 642 a. C. Su gobierno se caracterizó por una grave apostasía, superando en idolatría incluso a las naciones paganas expulsadas por los israelitas. Según 2 Crónicas 33, reconstruyó los lugares altos destruidos por su padre Ezequías, erigió altares a los Baales, fabricó áseras (postes sagrados), rindió culto a todo el ejército del cielo y estableció altares en el Templo de Jerusalén, contraviniendo la promesa divina de permanencia en la Tierra Prometida.2
Entre sus abominaciones se cuentan el sacrificio de su hijo en el fuego en el valle de Ben-Hinom, la práctica de adivinación, magia, espiritismo y consulta a nigromantes. Colocó una imagen tallada en la Casa de Dios, seduciendo al pueblo judío a pecados peores que los de los amorreos. El Señor envió profetas para amonestarlo, pero Manasés y su pueblo no escucharon, lo que provocó la ira divina.1,2,4
Esta descripción resalta cómo Manasés profanó el santuario donde Dios había prometido poner su Nombre para siempre, llevando a Judá a una idolatría extrema que llenó Jerusalén de sangre inocente.4
El cautiverio, arrepentimiento y restauración
Como castigo, Dios permitió que los ejércitos asirios capturaran a Manasés con ganchos y cadenas de bronce, llevándolo a Babilonia. En su aflicción, el rey se humilló profundamente ante el Dios de sus padres, entreating su favor. Dios escuchó su oración, lo liberó y lo restauró a Jerusalén y su reino. Entonces, Manasés reconoció que el Señor es Dios. Posteriormente, fortificó Jerusalén, eliminó los ídolos y altares paganos del Templo, restauró el altar del Señor y ofreció sacrificios de comunión y acción de gracias. Ordenó a Judá servir al Señor, Dios de Israel, aunque el pueblo continuó sacrificando en los lugares altos.2,4
La narración bíblica menciona explícitamente su oración, registrada en los anales de los reyes de Israel y en los registros de los videntes, junto con sus pecados y su humillación.2 Este episodio ilustra la misericordia divina hacia el penitente, un tema central en la tradición judeocristiana.1
Contenido de la oración
La oración atribuida a Manasés es una conmovedora plegaria de contrición, que enfatiza la soberanía de Dios, la indignidad del pecador y la esperanza en su infinita misericordia. En las Constituciones Apostólicas, se presenta como un modelo de arrepentimiento, precedida y seguida por la historia de su conversión.1
El texto completo, tal como se conserva, reza así:
Señor omnipotente, Dios de nuestros padres Abraham, Isaac y Jacob, y de su posteridad justa;
que hiciste el cielo y la tierra con tu gran gloria, con tu mano poderosa, y con todo tu poderío, y no hay para quien escapar de tu mano.
Tú, Señor, según tu gran bondad has prometido el arrepentimiento y el perdón a los que han pecado contra ti, y en la perseverancia en el mal has pasado por alto los pecados de los que se arrepienten.
Porque tú eres el Señor Dios de los que se arrepienten, y en mí mostrarás toda tu bondad; pues me salvarás indigno, según tu gran misericordia.
Te alabaré todos los días de mi vida, porque todas las potestades de los cielos te alaban, y tuya es la gloria por los siglos. Amén.1
Aparece una visión milagrosa: una llama de fuego libera sus cadenas, y Dios lo sana, llevándolo de vuelta a Jerusalén. Manasés destruye los ídolos, repara el altar y exhorta a Judá a servir al Señor, muriendo en paz.1
Esta oración destila un espíritu cristiano de humildad absoluta, reconociendo a Dios como misericordioso con los arrepentidos, y ha sido elogiada por su belleza penitencial.3
Transmisión textual
En la Septuaginta y manuscritos antiguos
La oración se encuentra en varios manuscritos de la Septuaginta como apéndice al Salterio, después del Salmo 150. Su origen es debatido: algunos eruditos sugieren un original hebreo o griego, pero no hay evidencia concluyente de una versión hebrea. Se basa directamente en 2 Crónicas 33:11-13,18-19, que alude a la oración perdida en crónicas judías.3,4
En las Constituciones Apostólicas
Las Constituciones Apostólicas (siglo IV), un compendio de normas eclesiásticas, la incorporan en el Libro II, sección 22, como ejemplo de cómo tratar al penitente. El texto repite la historia de Manasés múltiples veces, enfatizando su liberación milagrosa y reformas.1
En la Vulgata y ediciones latinas
En ediciones de la Vulgata anteriores al Concilio de Trento, se colocaba después de los Libros de los Paralipómenos. La Vulgata Clementina la relega a un apéndice, donde persiste en reimpresiones. San Roberto Belarmino nota que solo existe en latín, no en hebreo o griego canónicos.3,5
Estatus canónico en la Iglesia Católica
La oración del Rey Manasés no pertenece al canon bíblico definido por la Iglesia Católica. Concilios como el de Laodicea (canon 59), Roma bajo Gelasio, y Trento (sesión 4) enumeran específicamente los libros canónicos, excluyéndola. San Roberto Belarmino la clasifica como apócrifa, ya que no forma parte de un libro canónico, no se nombra en listas conciliares ni patrísticas principales, y carece de versiones en lenguas originales bíblicas.5,6
La Enciclopedia Católica (1913) la describe como una composición penitencial de posible origen judío, pero con espíritu cristiano, dudando de su autenticidad hebrea. Se menciona junto a otros textos como el Salmo 151.3,4 Aunque Gelasio, Inocencio I, Atanasio y Eusebio aluden a apócrifos, esta oración no se considera inspirada divinamente.5
No obstante, su valor edifying es reconocido: ilustra la doctrina de la penitencia y la misericordia, temas centrales en la enseñanza católica.1,3
Influencia teológica y devocional
En la patrística y escolástica
Textos antiguos como las Constituciones Apostólicas la usan para exhortar a la misericordia con los penitentes, comparándola con ejemplos como David, los ninivitas, Ezequías y el propio Manasés.1 Santo Tomás de Aquino alude indirectamente al pecado de Manasés en su comentario a Jeremías 15:4, destacando su responsabilidad en el castigo divino.7
En la literatura espiritual
Autores como Tomás de Kempis evocan temas de arrepentimiento similares en obras como el Soliloquio del alma, aunque no citan directamente la oración.8,9 Belarmino integra su contexto histórico en disputas sobre cronología bíblica, vinculándola a periodos de paz en Judá.10
En la tradición católica, sirve como modelo de oración penitencial, recordando que Dios es «el Dios de los que se arrepienten». Su empleo en contextos devocionales subraya la posibilidad de conversión incluso para los mayores pecadores.1,3
Legado contemporáneo
Aunque apócrifa, la oración del Rey Manasés permanece en ediciones críticas de la Septuaginta y como testimonio de la piedad antigua. En la teología católica, ejemplifica la doctrina de la contrición perfecta y la confianza en la misericordia divina, alineándose con enseñanzas como las del Catecismo sobre el sacramento de la Penitencia. Su mensaje perdura como invitación a la humildad: ningún pecado es irremediable ante Dios arrepentido.2,4
Citas
Cómo debe el obispo tratar a los inocentes, a los culpables y a los penitentes - Que David, los ninivitas, Ezequías y su hijo Manasés, son ejemplos eminentes de arrepentimiento, la oración de Manasés rey de Judá, autor desconocido. Constituciones Apostólicas, §Libro II. Sección 3. XXII. ↩ ↩2 ↩3 ↩4 ↩5 ↩6 ↩7 ↩8 ↩9 ↩10
La Nueva Versión Estándar Revisada, Edición Católica (NRSV‑CE). La Santa Biblia, § 2 Crónicas 33 (1993). ↩ ↩2 ↩3 ↩4 ↩5 ↩6
Apócrifos, The Encyclopedia Press. Enciclopedia Católica, §Apócrifos (1913). ↩ ↩2 ↩3 ↩4 ↩5 ↩6 ↩7
Manasés, The Encyclopedia Press. Enciclopedia Católica, §Manasés (1913). ↩ ↩2 ↩3 ↩4 ↩5 ↩6
Capítulo XX, Roberto Bellarmino. Controversias de la Fe Cristiana (Disputationes de Controversiis), § 100 (1586). ↩ ↩2 ↩3
Capítulo IV, Roberto Bellarmino. Controversias de la Fe Cristiana (Disputationes de Controversiis), § 34 (1586). ↩
Capítulo 15, Tomás de Aquino. Comentario sobre Jeremías, § 15:4 (1272). ↩
Tomás de Kempis. Soliloquium Animae (Soliloquio del Alma), § 174 (1420). ↩
Tomás de Kempis. Soliloquium Animae (Soliloquio del Alma), § 24 (1420). ↩
Roberto Bellarmino. Controversias de la Fe Cristiana (Disputationes de Controversiis), § 69 (1586). ↩
